La REGLA DE VIDA es un pequeño libro que la Congregación de los Sagrados Corazones tiene y en donde queda recogido cómo tiene que vivir cada uno en la comunidad a la que Dios le ha llamado a estar al servicio del mundo que lo rodea. Esta Regla de Vida solo quiere ayudar a expresar y vivir la conciencia comunitaria de nuestra vocación, en la situación y con las actitudes a las que Dios nos llama a cada uno personalmente. Os dejamos aquí algunos números.

1. Nunca podrán las palabras expresar el amor de Jesucristo. Tú que comienzas a leer, acuérdate siempre y ante todo de su “nacimiento, su vida, su muerte: esa es nuestra Regla”. “Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David… Si morimos con Él, viviremos con Él. Si perseveramos, reinaremos con Él. Si lo negamos, también Él nos negará. Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a Sí mismo” (II Tim. 2, 8-13). Acércate a Él, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida, preciosa a los ojos de Dios (I Pedro 2, 4) Llégate con espíritu sincero, con fe sólida, limpio el corazón de mala conciencia y lavado el cuerpo con el agua purificadora. No te niegues a escuchar a Cristo que habla. (Heb. 10, 19-22, y 4, 14-16)

2. Cuando abres las Escrituras, tu encuentras a Jesucristo. Él es para ti el modelo inagotable. Él, primogénito entre los hombres, vivió su condición de Hijo de Dios y hermano nuestro hasta el extremo. Realizó en toda su profundidad el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo” (Luc. 10, 25-28). A Él, que no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros para que en Él seamos justicia de dios (II Cor. 5, 21) Entregado a las cosas de su Padre, hacía siempre lo que era de su agrado. Reservaba largos momentos para la oración. Y Cristo no dejó, por eso, de estar absolutamente disponible para sus hermanos: después de los años pasados en Nazaret, se comprometió en una vida itinerante, curaba a los enfermos y predicaba por pueblos y ciudades. Soportó la fatiga, la contradicción, la hostilidad, hasta la muerte de cruz. Él es el Alfa y Omega: a Él el poder y gloria (Apoc. 1, 4-8 y 5, 1-14)

 

3. Sólo a causa de Cristo y de su Evangelio tú te decides y escoges. Fuera de Él, tu vida no tiene sentido. “Pues ninguno puede poner otro cimiento fuera del que hay, que es Jesucristo” (I Cor. 3, 11) Y porque te has entregado a Él, te entregas al mundo. Como religioso, no estás fuera del mundo; por el contrario, todo en tu vida debe ser un servicio concreto a los que te rodean. Has querido que toda tu existencia sea, en medio de los acontecimientos y de las situaciones de los hombres, un testimonio del Dios vivo y un servicio continuo a la obra de Cristo, a quien uno se entrega sin esperar recompensa. El mundo en que vives necesita más que nunca del testimonio de la fuerza del Espíritu, que anime y suscite comunidades fraternas. En ellas ya no hay ni ricos ni pobres, ni griegos ni judíos, ni hombres libres ni esclavos, sino hermanos en Cristo.

 

30. La comunidad debe ser comunión, es decir, unión mutua en Cristo. No puede reducirse a una simple convivencia. Implica una verdadera fraternidad espiritual. Seguir las mismas observancias, encontrarse a las mismas horas para ciertos actos, no significa de por sí una comunión de espíritu y de corazón; de hecho, puede encubrir las más grandes divisiones. La comunidad es una realidad más profunda que un simple “equipo”.

 

31. La forma de vida comunitaria une a las personas desde dentro de su ser y no deja que permanezcan extrañas unas a otras. Realiza una comunión de sentimientos y de fe. Establece entre todos sus miembros una comunicación constante, que abraza la totalidad de la existencia, desde su aspecto más material hasta los compromisos más espirituales. Es una comunidad de bautizados, unidos por un mismo compromiso, alimentados por la misma Eucaristía, que se aceptan mutuamente con un profundo respeto a la originalidad y al desarrollo personal de cada uno. Todo esto para servir mejor a la Iglesia y al mundo.

32. El Evangelio es la gran regla de todos y de cada uno. La comunidad lo toma como centro de referencia constante para profundizarse, poder dar un testimonio más auténtico y prestar un servicio más válido. De hecho, no se pueden vivir con la misma intensidad todos los valores del Evangelio. Cada comunidad, según sus circunstancias, tradiciones, sensibilidad y las personas que la componen, pone más de relieve, en su vida, algunos aspectos o características del Mensaje evangélico. La vida de nuestras comunidades tiene, por ejemplo, una característica particular, que hemos recibido como tradición de familia: la contemplación de la Persona de Jesús, signo del amor de Dios para con todos los hombres, y de la Madre del Señor, modelo de fe en el amor. Este elemento debe dar a toda nuestra vida un sentido de interioridad, de confianza, de acogida cordial a nuestros hermanos. Constituye una aportación excelente a nuestro mundo despersonalizado.

33. La comunidad considerará a cada uno de sus miembros como un don de Dios. Esto la llevará a perdonar sus defectos y no tener demasiado en cuenta sus limitaciones. Por lo demás, la persona misma debe trabajar por superar el obstáculo de sus propias imperfecciones para no impedir que su carisma irradie en la comunidad y en la Iglesia. En definitiva, se nos pide la aceptación de la realidad de la Iglesia, no de una abstracción o una imagen demasiado personal de la misma. Cristo espera que le sirvamos en esa comunidad viva.

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42. Nuestras comunidades no son comunidades de “santos”, sino de pecadores perdonados, siempre pecadores y siempre perdonados. Por eso necesitas que se te ayude a entregarte más profundamente al servicio del Señor, a establecer tu vida en la verdad, libre de ilusiones. Cada tienes que situarte tal como eres, frente al Señor que te espera, ama y perdona. Dentro de la comunidad, nos encontramos con hermanos en situaciones diversas: o hacia una certeza capaz de comprometerlos o en búsqueda de un equilibrio, o en crisis. La comunidad adulta sabe dejar a las personas el tiempo suficiente para su maduración, ayudándoles al máximo a preparar su compromiso o a volver a encontrarse en la fe. A veces, se da una impaciencia que estropea las cosas, al querer precipitar su solución; pero igualmente una debilidad exagerada hace que se prolonguen ciertas situaciones más de lo debido. En esto, como en otras cosas, la amistad humana puede ayudar mucho a resolver las dificultades que plantea la vida diaria.