SSCCiencie: la Verdad en tiempos revueltos

“¿Qué es la verdad?”, se preguntan Sócrates, Einstein, Nietzsche, Poncio Pilato…

Se trata de una pregunta difícil. ¿Qué es? El nudo del problema consiste en que utilizamos la palabra “verdad” como si su significado fuera único… ¡y nos hacemos un lío!

Fotografía: R. Mager (www.unsplash.com).

Del primer tipo de concepción de verdad se ocupan la Lógica formal y las Matemáticas. Fotografía: R. Mager (www.unsplash.com).

Una primera concepción de “verdad” –y que se encuentra en la base de las otras comprensiones– es entenderla como coherencia lógica. Nuestra inteligencia reconoce como “lógicas”, “evidentes”, ciertas afirmaciones, como por ejemplo: “tu coche, o bien es rojo, o bien no lo es” (principio del Tercio excluso). Sin poder entrar a discutir cómo, el hecho es que todo ser racional reconoce que afirmaciones como la del ejemplo (tautologías) son verdaderas; del mismo modo, ante cualquier afirmación incoherente (como “mi coche es rojo, pero no es rojo”) cualquiera declarará automáticamente que es falsa. De la verdad en su dimensión lógica se ocupan la Lógica formal y las Matemáticas.

En segundo lugar, podemos entender la verdad como factualidad, es decir, la puesta en palabras de los hechos “tal y como ocurrieron”. Las verdades de este tipo toman la forma de proposiciones enunciativas (por ejemplo, “Napoleón nació el 15 de agosto de 1769” o “esta mañana desayuné café”). Para este tipo de verdad no tiene sentido preguntarse si una exclamación, un deseo, o una pregunta son “verdaderos” o no. Esas proposiciones enunciativas son verdaderas si se adecúan al hecho tal y como éste ocurrió. Una determinada forma de Historia sería la encargada de este tipo de verdad.

Consideremos en tercer lugar la “verdad” como causalidad (¡ojo!, no “casualidad”), es decir, como la explicación de lo que las cosas son por sus causas: el humo se entiende como un efecto del fuego, el movimiento de los planetas se explica por la Ley de la Gravitación Universal, etc. Es un modo de verdad que pretende ser descriptivo, porque nos ayuda a comprender la realidad y –actuando sobre las causas– a adecuarla a nuestras necesidades. De la verdad entendida como causalidad se ocupan las distintas Ciencias. No hay que pensar aquí sólo en las “Ciencias Exactas” (aquéllas que pueden expresar las relaciones de causa-efecto en un lenguaje matemático); la Psicología es una Ciencia porque explica el comportamiento humano por sus causas en la psique, y lo hace sin soporte matemático.

En la actualidad, hay muchos que piensan que no hay más formas de comprender la verdad. La verdad de la ciencia, es decir, las relaciones de causa y efecto entre los fenómenos del mundo, es para mucha gente la única explicación posible de la realidad. Para éstos, lo que no se puede pesar y medir es como si no existiera. Pero ésta es una forma reduccionista (y bastante torpe, por cierto) de pensar. Se llama cientificismo y lo podemos definir como “el fanatismo de la verdad causal”.

Y es que existe, por último, una cuarta forma de entender la verdad: para algunos, habría que llamarla “verdad experiencial” o “existencial”. También podemos

Este diálogo entre el protagonista y la estrella Ramandu ilustra los diferentes tipos de verdad: «—En nuestro mundo —dijo Eustace—, una estrella es una enorme bola de gas llameante. —Incluso en tu mundo, hijo, no es eso lo que «es» una estrella sino sólo de qué está hecha». En la fotografía, Lilliandil, hija de Ramandu, en "La travesía del Viajero del Alba".

Este diálogo entre el protagonista y la estrella Ramandu ilustra los diferentes tipos de verdad:
«—En nuestro mundo —dijo Eustace—, una estrella es una enorme bola de gas llameante.
—Incluso en tu mundo, hijo, no es eso lo que «es» una estrella sino sólo de qué está hecha»
En el fotograma, Lilliandil, hija de Ramandu, en “La travesía del Viajero del Alba”.

llamarla, simplemente, Verdad con mayúsculas. Se distingue de las anteriores porque no es posible identificarla con un conjunto de “verdades objetivas”, con un puñado de afirmaciones que “o son, o no son”. Este tipo de Verdad requiere la implicación absoluta del ser humano en ella. Está integrada de razón (y, por tanto, cuenta con los otros tres sentidos de “verdad”), pero también de corazón y voluntad. En consecuencia, no es una “verdad” que podamos tener, sino una Verdad que “nos tiene” a nosotros: «en la Verdad vivimos». Esta Verdad es la que, además, da un sentido a nuestras vivencias: a causa de ella, adquiere un significado todo lo que nos pasa (¿os acordáis: eso que pasa cuando pasa lo que pasa?).

¿Hay algún saber que se ocupe de este tipo de “verdad”, igual que en los casos anteriores? Sí y no: cada una a su manera, la Filosofía, las Artes y las Religiones surgen siempre que un ser humano entra en contacto con esta Verdad con mayúsculas, sin que ninguna de ellas la agote ni la recoja por completo. Al igual que con el cientificismo, cuando un sistema de pensamiento pretende tener una comprensión perfecta y completa a la Verdad, éste se convierte en fundamentalismo. El fundamentalismo es la falsificación y la fanatización de la Verdad con mayúsculas.

¿Qué podemos aprender los cristianos de esta reflexión? Ningún cristiano debería pensar que la verdad es solo un conjunto de afirmaciones. La Verdad con mayúsculas no es el Credo, ni el catecismo, ni un puñado de leyes sobre lo que se debe o no se debe hacer. La Verdad cristiana no es creer en milagros ni en ciertos hechos del pasado.

No: para los cristianos, la Verdad es una persona: Jesús. Sólo la relación con él, el conocerle, dejarse mirar y querer por él es lo que nos hace ir entrando en la Verdad. Por eso, los cristianos deberíamos recordar que nunca estamos del todo en la Verdad, para no volvernos fundamentalistas; y al mismo tiempo, no deberíamos desesperarnos y caer en el cientificismo: porque siempre estamos en camino hacia Ella.

Pablo Bernal Rubio sscc

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