SSCCience: “¿Qué pasa con los milagros?”

Los milagros son un problema. Basta con sacar el tema en una conversación informal para comprobar que es verdad lo que dijo el escritor belga Louis Évely: «los mayores creían por los milagros, nosotros a pesar de ellos». Y es que, ciertamente, desde nuestra comprensión actual del mundo y de la ciencia, los milagros nos resultan un obstáculo para creer.

La Biblia hay que leerla en el espíritu con que fue escrita. Y eso implica asumir que muchos de los portentos naturales que nos narra son legendarios. No es que sean “mentira”, sino que su verdad no es factual, sino simbólica. Lo mismo pasa con algunos de los milagros de Jesús, narrados en los evangelios. Sin embargo, entre los historiadores que estudian su figura –sean creyentes o no–, existe el consenso de que resulta históricamente innegable que este hombre galileo del siglo I realizó acciones relacionadas con la curación de diversas enfermedades que resultaron extraordinarias a sus contemporáneos. ¿Qué podemos decir sobre dichas “acciones extraordinarias” desde el pensamiento científico actual?

Fotografía: N. Anderson.

Fotografía: N. Anderson.

Para empezar, hay que comenzar por definir qué entendemos por “extraordinario” cuando hablamos de milagros. Un primer intento suele consistir en decir que un milagro es un hecho que sucede por causas inexplicables. Pero esta definición es muy insuficiente: lo que es inexplicable hoy puede dejar de serlo mañana; aludir a los “agujeros” del conocimiento científico no es más que una continua huida hacia adelante.

Por eso, precisando más, podríamos decir que es extraordinario aquello que va en contra de las leyes de la Naturaleza”: un milagro sería un como un “hecho sobrenatural”. Aquí es donde el pensamiento científico puede arrojar más luz. La Ciencia moderna se caracteriza justamente por trabajar con los hechos, tratando de hallar sus causas en otros hechos. La consecuencia de esto es que, para el pensamiento científico actual ningún hecho es contrario a la naturaleza, por sorprendente o contradictorio con las teorías vigentes que sea. Y esto es porque, de Hume en adelante, la ciencia define lo que es la Naturaleza inductivamente: las “leyes de la Naturaleza” no son más que la suma de todo aquello que de hecho ocurre. Si algo ocurre de hecho, es “natural”, por excepcional que a nosotros nos parezca.

Para muchos, la consecuencia de ello es, cuando menos, el agnosticismo: si todo lo que ocurre en el mundo tiene sus causas en el propio mundo –dicen–, Dios no puede intervenir en la naturaleza; y en consecuencia, no importa si Dios existe o no. Pero en realidad, ése es un salto en el vacío que no se deduce científicamente: se trata de cientificismo, ¿recordáis?

"Dios es aquel que, en la regularidad de las leyes de la naturaleza que ha creado, y no contra ellas, muestra a los seres humanos su cercanía, su ayuda y su bondad". Fotografía: J. Sluyter.

“Dios es aquel que, en la regularidad de las leyes de la naturaleza que ha creado, y no contra ellas, muestra a los seres humanos su cercanía, su ayuda y su bondad”.
Fotografía: J. Sluyter.

Y es que, manteniendo que Dios no actúa en el mundo modificando los hechos de la naturaleza, podemos afirmar que Dios actúa en el mundo siendo el origen y el sentido de todo cuanto ocurre en el mundo. En lenguaje técnico: Dios no es la causa segunda de ningún hecho, porque de hecho es la causa primera. Esto significa que Dios es aquel que, en la regularidad de las leyes de la naturaleza que ha creado, y no contra ellas, muestra a los seres humanos su cercanía, su ayuda y su bondad.

De vuelta a los milagros, en la medida en que se trata de hechos (en su dimensión objetiva, podríamos decir), son para la ciencia sucesos ordinarios –independientemente de si son más o menos explicables– y por tanto, ambiguos. Lo que convierte un hecho en un milagro se encuentra en su dimensión subjetiva: en la capacidad que tiene la persona para reconocer en la fe que detrás de ese hecho se encuentra la acción salvadora de un Dios que le quiere.

Esto puede resultarnos muy decepcionante, pero en realidad, constituye una enorme garantía de libertad: no hay nada en el mundo, ni siquiera un “milagro”, que nos obligue a tener fe. Creer en Dios, confiar en Él y conocerle será siempre una decisión libre. Dios nos trata con respeto.

Y una cosa más: si en definitiva un milagro es en realidad un acontecimiento percibido como extraordinario en favor de una persona… ¡los milagros siguen sucediendo hoy!

Pablo Bernal Rubio, ss.cc.

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