SSCCience: La evolución que nos llevó al “Abbá”

Si hay algo particular en la forma que tenemos los cristianos de relacionarnos con Dios, esto es la confianza y el amor para llamarle “Abbá”, que significa Padre o más concretamente, “papaíto”. Esta palabra nos interpela profundamente porque, biológicamente, somos una especie familiar. Esto quiere decir que los progenitores identifican y viven con sus crías durante un periodo más o menos largo de tiempo.

2017-5 Evolución

Biológicamente, somos una especie familiar: esto quiere decir que los progenitores identifican y viven con sus crías durante un periodo más o menos largo de tiempo.

No todas las especies son así. Por ejemplo, las abejas viven en una comunidad que se llama colonia, y que está compuesta por tres tipos de individuos: reina, obreras y zánganos. La abeja reina pone los huevos que son fecundados por los zánganos, sin saber cuál es el macho que fertiliza cada uno. Para las abejas, celebrar el día del padre precisaría de una investigación digna de Sherlock Holmes, o bien comprar cientos de corbatas y regalar una a cada zángano sólo por si acaso.

Fotografía de C. Navarro (unsplash.com)

Fotografía de C. Navarro (unsplash.com)

Pero además de ser una especie familiar, tenemos una característica muy peculiar y propia de nuestra especie. Veamos a nuestros antepasados antropoides, un conjunto de especies a medio camino entre los chimpancés y los humanos actuales (aprovecho para puntualizar que decir que el hombre viene del mono es bastante impreciso). Éstos desarrollaron la capacidad de andar erguidos, a dos patas. Y andar erguido modifica, entre otras muchas estructuras de nuestro cuerpo, la forma del hueso de la cadera, de manera que se hace bastante más estrecho. Problema: los bebés humanos necesitamos salir por ahí en el momento del parto.

Sólo había dos soluciones a este problemón: una, que la cabeza y por tanto el cerebro nunca llegaran a ser muy grandes, con lo que nuestra inteligencia hubiera quedado muy limitada. La segunda solución es la que triunfó: adelantar el parto y que las crías nacieran antes, y por ello con la cabeza más pequeña.

Fotografía de C. Rhoads (unsplash.com)

Fotografía de C. Rhoads (unsplash.com)

Pues resulta que esta adaptación es la que explica por qué los bebés humanos dependen tantísimo tiempo del cuidado de sus progenitores, porque nacen mucho antes de lo que les correspondería y necesitan madurar fuera del útero materno. Por poner ejemplos de un animal conocido, un elefante tiene una esperanza de vida en torno a los 60 – 70 años, y su periodo de gestación es de unos 20 meses aproximadamente. A pesar de sus 100 kilos de peso al nacer, la cría sólo tarda unos pocos días en empezar a caminar. En menos de un año será capaz de alimentarse y sobrevivir por sí misma. Lo mismo podemos decir de casi todos los demás mamíferos.

Esta dependencia entre el bebé y sus padres, que en la especie humana es especialmente duradera, explica la honda raíz evolutiva y la tremenda fuerza del vínculo que nos hace llamar a Dios en momentos de necesidad “Abbá”, porque sabemos que venimos de Él y que su cuidado no tiene límites. Para mí, además, es un ejemplo de cómo la verdad científica ilumina y forma parte de la Verdad, y nos permite contemplarla desde otro punto de vista y maravillarnos de la presencia de Dios en la Naturaleza.

Juan Fernández

(Colegio Virgen de Mirasierra)

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