SSCCience: Inteligencia artificial, corazón y cerebro.

La ciencia-ficción cada día es más ciencia y menos ficción: la posibilidad de fabricar máquinas inteligentes –una idea que nos fascina y asusta a partes iguales– está cada vez más cerca de convertirse realidad. La inteligencia artificial (IA) es el área de las ciencias de la computación cuyo objetivo es hacer que las máquinas imiten las actividades mentales del ser humano: razonar, entender, aprender…

3 hombre hojalata

«El hombre de hojalata quería un corazón…»

El interés en la IA es claro: con ella, podríamos fabricar robots que realizaran tareas peligrosas o pesadas que, por el momento, solo pueden ser llevadas a cabo por un ser racional. También nos permitiría construir las llamadas máquinas expertas: programas capaces de acceder a enormes bases de datos (médicas, de leyes, etc.) con la velocidad propia de los ordenadores, pero con la capacidad analítica de los seres humanos.

Pensemos, por ejemplo, en un robot-juez. Presenta claras ventajas: en primer lugar, podría adquirir todos los conocimientos de las leyes de un país en unos minutos (tan rápido como instalar un programa), sin tener que dedicar largos años a estudiar. Además, podría manejar en apenas un instante todos los datos y pruebas de un caso, y sopesar todas las hipótesis desde todos los ángulos a gran velocidad. Y se supone que sería mucho más objetivo que cualquier humano ya que, en teoría, no se dejaría llevar por apariencias ni habría forma de sobornarlo (aunque eso no está tan claro: ¿Qué prejuicios tienen los robots sin prejuicios?).

Sin embargo, ¿estaríamos dispuestos a decir que el robot-juez piensa? Para algunos, la respuesta es “sí”, argumentando que este robot-juez hace lo mismo que cualquier juez humano, que es un ser racional. Sin embargo, esa opinión no es del todo cierta. Hay una cosa que el juez humano puede hacer y el robot-juez no: comprender que comprende.

(c) Dave Tuepah (freeiamges.com)

(c) Dave Tuepah (freeiamges.com)

Ciertamente, el robot sabe infinitos datos, pero no sabe que los sabe. Y aunque pueda parecer que “dentro” del robot y del humano ocurren los mismos procesos porque ambos ofrecen el mismo resultado, no es así en absoluto. El juez-robot manipula signos carentes de significado, obedeciendo a las reglas algorítmicas grabadas en sus circuitos, sin saber en absoluto lo que está haciendo. Podría sustituir la palabra “justicia” por “wirifriski” y funcionaría exactamente igual porque… ¡no sabe qué es la justicia! El juez humano, en cambio, aunque infinitamente más lento y con muchos menos datos, comprende la realidad. Sabe que sabe, y sin tener que hacer complejas operaciones, reconoce la justicia y la injusticia.

La IA, entonces, nos permite comprender mejor cómo funciona nuestra mente. A diferencia de los robots “inteligentes”, los seres podemos hacer algo así como dar un paso atrás respecto de los imputs que recibimos y vivir desde esa distancia. Es en esa distancia, en ese espacio interior, donde experimentamos la justicia, la soledad, la solidaridad, la compasión… el amor. Es también ahí donde nos sentimos libres para elegir nuestra vida, donde tiene sus raíces nuestra capacidad de compromiso. Y es el espacio desde el que oramos, desde donde conocemos a Dios, y donde escuchamos la voz de su Espíritu en nosotros.

Este “saber que sabemos” de los seres humanos, este espacio interior, es lo que siempre se ha llamado corazón (no el músculo; el otro corazón). Actualmente los psicólogos y filósofos lo llaman metacognición y saben que es posible gracias a una parte de nuestro cerebro: el neocórtex.

Pero que los términos científicos no nos despisten de lo importante: ¡tenemos dentro de nosotros un mundo entero y quizás no nos habíamos dado cuenta! Por fuera nos pasan cosas; pero ahí dentro nos pasa eso que pasa… cuando pasa lo que pasa.

Pablo Bernal Rubio ss.cc.

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