La Regla de Vida de los SSCC recuerda que nuestra Congregación es apostólica e intenta dar respuesta  a las necesidades del mundo y de la Iglesia, al estilo de como lo hicieron el Buen Padre y la Buena Madre.

 

  1. La Iglesia tiene como misión ser sacramento universal de salvación; estar presente en todos los hombres y en todos los pueblos, para conducirlos por el ejemplo de su vida, por la predicación y los sacramentos, a la fe, a la libertad, a la paz de Cristo; penetrar y jerarquizar, según el espíritu evangélico, los valores temporales conforme al designio de Dios.
    En efecto, Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y uno solo es el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo, que se entregó en rescate por todos” (I Tim. 2, 5) “y en ningún otro hombre obtiene nadie la salvación”. Dios quiere recapitular En Cristo el mundo entero para hacer de él una nueva criatura, empezando ya en esta tierra y dándole su plenitud en el último día (Efe. 1, 3-14).

 

  1. Nuestra comunidad es esencialmente de vida apostólica. Para sus miembros, la acción apostólica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa. La preocupación misionera y “el amor apostólico por los que se esfuerzan para asociarse a la obra de la redención y a la extensión del Reino de Dios”, forman parte integrante de nuestra vocación.
    Has sido llamado por Dios para ser apóstol de su designio de amor, trabajando por reunir a los Hijos de Dios dispersos. Tu compromiso religioso, que te asocia a Cristo, te hace participar más plenamente en la misión “del Hijo del Hombre que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Tu incorporación a nuestra comunidad debe unirte más intensamente a la Iglesia y hacerte participar cada vez más en su ardor misionero.

celo

 

  1. El Padre Coudrin constituye en todo esto un gran modelo para nosotros. Toda su vida, abrasada por el amor a las almas, fue una larga y, a menudo, heroica entrega. Fue un pastor que jamás calculó su “celo”. En la Iglesia de Francia, en crisis durante la Revolución, se prodigó de mil maneras y en toda clase de obras: misiones parroquiales, seminarios, misiones lejanas, cuidado de los pobres, preocupación por una oración reparadora… Favoreció las más atrevidas iniciativas, teniendo él mismo la audacia de los sencillos.
    Frente a lo que hoy llamaríamos “la descristianización de la sociedad” (“ya no se sabe lo que es el amor de Dios”), nos indicaba la más sublime de las vocaciones: “reintegrar a los hombres en la confianza y amor de Jesucristo”. Al mismo tiempo nos indicaba la medida: “su vocación está, en fin, llena de celo y de un celo inflamado”.

 

  1. Esta vocación apostólica se alimentará en ti con sólidas convicciones. Cree en el valor de la acción en sí misma: realizada según el designio de Dios, te hace más profundo y te santifica.
    La acción da consistencia al amor de Dios. En el último juicio se nos pedirá cuenta de lo que hayamos hecho por nuestros hermanos enfermos, pobres, desnudos y prisioneros. Se nos preguntará si hemos servido realmente a la comunidad de los hombres. El que no hace nada, corre el peligro de ilusionarse consigo mismo (Mt 25, 31-46)
    Por otra parte, la acción purifica la misma oración: en cierto sentido, es el “test” de la validez de nuestra oración: “No todo el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21)
    La acción es escuela de desprendimiento. Preocuparse por los demás, interesarse por el bien y la serenidad de todos, es ya una purificación profunda. La obligación de trabajar con los demás, de tener en cuenta a las personas concretas, y de respetar su ritmo de maduración, te enseña también a conocer y aceptar tus limitaciones propias y a negarte a ti mismo (Lc 14, 15-25)

Africa

 

  1. Actúa por Cristo y su Evangelio buscando sólo el Reino de Dios. Prefiere la calidad espiritual de la acción a la cantidad. Haz explícita, frecuente e insistentemente, tu intención de trabajar sólo por Dios. Aleja cualquier móvil interesado. No exageres la importancia de las motivaciones naturales; cierta propensión a la satisfacción y a la búsqueda del éxito personal puede debilitar tu desinterés.
    Como signos y pruebas de una verdadera disponibilidad para el servicio del Reino, se pueden señalar: estar más dispuesto a obedecer que a actuar a toda costa; estar preparado para el fracaso que vendrá más tarde o más temprano, ya que el éxito profundo del Reino viene casi siempre acompañado de su fracaso aparente; estar dispuesto a reconocer que ya no podemos seguir actuando, a ver paralizadas nuestras fuerzas, a ser relegados por los hombres y por la vida, sin perdernos en lamentos inútiles.

 

  1. Que el apostolado alimente de verdad tu oración, a la que debes llevar las preocupaciones y necesidades del mundo. Después de la oración, volverás a la vida más libre y espiritual. Sabrás situarte ante los acontecimientos de cada día. Captarás mejor su significado y cambiarás muchas de tus actitudes ante ellos. La oración es el lugar de nuestra conversión, donde el pobre se vuelve hacia su Dios. Donde por Cristo y su Evangelio, recobramos energías, superamos enemistades y cansancios, dominamos nuestro miedo y nos disponemos a la reconciliación. Y así volvemos a la acción, con el alma en paz, serena y disponible.