Pascua de Jerez: Viernes Santo

Qué difícil es intentar verbalizar lo que se vive en un día como este. Para mi vivir este Viernes Santo ha estado directamente conectado a la película La Pasión. Es imposible después de ver la película no recurrir a estas imágenes para personalizar en tu oración el momento que vives, y para conectarte en espíritu con esa cruz. En ese espacio de soledad, y en clima de oración son varios los momentos que identificaba en la película con relación a mi vida.

En primer lugar, el juego de miradas entre María y Jesús. Esa mirada que reconforta, que acompaña, que acoge, que espera, que acepta su escandalosa muerte y que aporta fuerza a todo lo que Jesús vive con la cruz. Esa mirada de amor que carece de sentido si intentamos obtener otra lectura. Porque solo desde el amor absoluto, del amor hasta el extremo somos capaces de entender que Él cargase con nuestra cruz, que hiciese suyos nuestros miedos, temores, nuestras debilidades y pecados, y que todo eso le condujese hasta la muerte.

Me preguntaba entonces si yo miraba la vida desde ese amor, si mi mirada reconfortaba a los demás, si era capaz de acompañar el sufrimiento del mundo y si en ese instante estaba dispuesta a esperar en su cruz, a pasar mi vida por su pasión.

Un segundo momento que resurgía en mi corazón lo protagonizaba el personaje de Pedro y como al comienzo del camino lo sigue y expresa en voz alta su intención de entregar la vida por él. Sin embargo, cuando llega el momento de ponerse al servicio lo niega, sintiéndose indigno de ese amor que Cristo entrega por nosotros. Sintiéndose muy pequeño ante la inmensidad del sacrificio que supone esa muerte. Sintiendo el peso de esa pérdida que se anticipa en las negaciones.

Entonces crecía en mi la necesidad de reconocer mis negaciones, como las de Pedro, me sentía indigna como él del amor de Dios, indigna de su abrazo y su acogida en ese instante.

Y un tercer momento, ese en el que todos los que son capaces de aguantarle la mirada a Jesús en la Pasión, son transformados por la profundidad de sus ojos. Y sonaban en mi corazón sus palabras: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mi”(Jn 14, 16). Y conseguí que mi mirada y la suya, tirado en el suelo, derrotado por las heridas y el peso de la cruz, se cruzasen. Y me miró, a mi. Miró mi yo frágil, humano, pequeño y algo en mi interior se transformó.

Y comenzó a brotar esa mirada de María, conociendo y reconociéndome en su cruz, entregándole la mía y acompañando su camino al Gólgota. Como María, yo iba recordando todos los momentos en los que ha estado presente en mi vida, desprendiéndome de mis negaciones y mis miedos, y solo, sin necesidad de más, acompañándolo, para encontrarme al final del camino a los pies de su cruz.

 Tamara Cordero, Comunidad Allmighty-jah (Parroquia Virgen del Camino, Málaga)

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