Evangelio joven: «¿Y a ti que te pide?» (10-feb)

Lecturas

Si sacamos algo en claro de las lecturas de hoy es que Dios llama y nos da a cada uno una vocación y una misión. No solo llama a una vocación concreta dentro de la iglesia, como puede ser la vida matrimonial, la vida religiosa o la vida sacerdotal, sino que nos llama a tareas concretas. Aceptar o no aceptar esta vocación supone ser fiel a Dios o no, aceptar que en Dios está mi felicidad o no.

En las lecturas de este domingo tenemos tres modelos de personas (Isaías, Pablo y Pedro) que aceptaron la vocación que Dios les dio, reconociendo inicialmente su incapacidad para conseguirlo. Las tres respondieron positivamente a la llamada de Dios, a la vocación; cada uno desde sus concretas y particulares circunstancias personales.

Pedro, experto pescador, no había conseguido pescar nada en toda la noche; pero cuando actúa en nombre de Cristo consigue llenar las redes de peces

Ante la grandeza de Cristo, Pedro se siente profundamente débil y pecador. Él, experto pescador, no había conseguido pescar nada en toda la noche, pero cuando actúa en nombre de Cristo consigue llenar las redes de peces. El asombro ante la grandeza de Cristo le lleva a Pedro al reconocimiento humilde de su incapacidad personal. “Apártate de mí, que soy un pecador”. Pedro, con todos sus defectos y con todas sus virtudes puede y debe ser un buen ejemplo para nosotros. Desde que sintió la llamada del Señor, estuvo siempre dispuesto a dar y hasta perder su vida al servicio del evangelio.

También el profeta Isaías reconoció humildemente su impureza y su incapacidad personal, pero ofreció a Dios su disponibilidad para cumplir con la vocación de profeta que el Señor le pedía.  Isaías se convirtió en el cantor sublime y humilde de la grandeza del futuro Mesías.

San Pablo tiene claro que todo lo que ha hecho no es obra suya, sino que ha sido Dios quien a través de él ha hecho las cosas. “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí”.

En los tres relatos de vocación el que es llamado descubre su propia insuficiencia, el propio pecado, la propia miseria. Pero el Señor cuando los llama, no hace examen de sus virtudes, sino examen de su disponibilidad. Ya se encargará Él de ir puliéndolos. Pero necesita su disponibilidad.

Hoy puedes preguntarte ¿Estás dispuesto a lo que el Señor tiene que decirte? ¿Te planteas que pueda decirte algo? Quien quiera tomarse la fe mínimamente en serio necesita plantearse esto sin miedo. Dios, que es el que mejor te conoce, el que más te quiere, no te va a pedir nada que no puedas hacer, nada que no sea por tu bien. Puede que a lo mejor no lo entiendas aquello que te está pidiendo, aquello para lo que te está eligiendo. Confía en Él. Cada uno tendrá que descubrir lo suyo porque lo que a mi me pide no tiene que ser lo mismo que te pida a ti. “Nadie va ayer ni irá hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy.” decía el poeta León Felipe.

Cada cual tendrá que descubrir su camino, pero sabemos que hay cosas que nos las pide a todos, y una de ellas es que nunca nos cansemos de pescar, de evangelizar. Si no evangelizamos, si no damos a conocer a Dios, es que en el fondo no se le ha conocido. Porque cuando uno se encuentra con Dios de verdad, como nuestros tres protagonistas de hoy, no queda más que anunciarlo.

Pidámosle al Señor hoy que estemos disponibles, a aquello que pueda pedirnos, no solo a la grandes cosas, a las grandes misiones, sino sobre todo a lo pequeño, a lo concreto, a lo de cada día, porque solo quien es fiel en lo poco será fiel en lo mucho. Que así sea.

Pablo Márquez sscc

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