Evangelio joven: “Vidas sorprendentes” (31-dic)

Eclo 32-6.12-14
Sal 127
Col 3,12-21
Lc 2,22-40

Icono oriental de la Presentación de Jesús en el Templo.

El día de la Sagrada Familia, en el tiempo litúrgico de la Navidad, leemos el episodio de la Presentación en el Templo. María, José y el niño acuden al templo de Jerusalén porque es el “tiempo de la purificación” (2,22) y ellos actúan “de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor” (2,23). Allí una sorpresa aguarda a la familia.

Se encuentran en el templo con dos personajes: Simeón, “hombre justo y piadoso” (2,25) y Ana, “profetisa” (2,36). Los dos son mayores. De Ana se nos precisa que es viuda y que tiene 84 años. Ambos son muy creyentes: Simeón “esperaba el consuelo de Israel” (2,25) y su único deseo antes de morir era ver a la “salvación de Dios” (2,30) y Ana “no se apartaba del templo día y noche sirviendo a Dios con ayuno y oraciones” (2,37). En pocas palabras el evangelista nos cuenta la hondura de su experiencia religiosa.

Podemos intuir entonces la alegría desbordante cuando encuentran al niño, Jesús el Mesías. Después de haber tomado el niño en sus brazos, Simeón bendice al Señor: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu salvación” (2,29-30) y Ana “daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos” (2,38). Por su fe y su avanzada edad, los dos personajes representan lo mejor del pueblo judío. Habían puesto su confianza en Dios y le fueron fieles por muchos años. Llegado el momento oportuno, Dios eligió manifestarse a ellos. Y los dos responden con una alegría que es la de todos sus antepasados que a lo largo de los siglos esperaron pacientemente ver realizadas las promesas de su Señor.

“Nosotros nos podemos preguntar hoy si conocemos a personas como Simeón y Ana. Mayores que han entregado todo su corazón a Dios”.

Nosotros nos podemos preguntar hoy si conocemos a personas como Simeón y Ana. Mayores que han entregado todo su corazón a Dios: abuelos, familiares, profesores, amigos, religiosos y religiosas que han creído en Dios a lo largo de muchos años. Personas que han vivido así han llegado a lo esencial y han aprendido a deshacerse de todo lo superfluo. Su corazón conoce bien a Dios, sabe cómo actúa y que Él tiene en sus manos los hilos de la historia. Su manera de mirar y de moverse, su manera de hablar y de pensar… todo en ellos delata que Dios ocupa un lugar central en sus vidas y que influye en cada aspecto de su existencia. Se han dejado moldear por Él y el resultado es una obra maestra.

Así me permito invitaros a reconocer en estas personas mayores un regalo de Dios para nosotros y para toda la sociedad, os invito a buscarlas y a conversar con ellas. A recoger de ellas el estímulo para dejar que Dios vaya ocupando el lugar central de nuestras vidas.

Damiano Tonegutti ss.cc.

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