Evangelio Joven: “¿Vamos, vemos y nos quedamos?” (14-ene)

1 Sam 3, 3b-10.19 1
Cor 6,13c-15a.17-20
Jn 1, 35-42 

Siempre existe una cierta duda sobre cuándo comienza el “tiempo ordinario”, es decir el tiempo litúrgico que no subraya un aspecto central de nuestra fe, sino que va desarrollando una lectura continuada de uno de los tres evangelios sinópticos. Digo que siempre hay una cierta duda pues hoy es el segundo domingo del tiempo ordinario, con lo cual tendríamos que pensar que el domingo pasado fue el primero y, sin embargo, el domingo pasado nos presentaba el Bautismo del Señor, que parecía más bien la conclusión de las fiestas navideñas. Ahora bien hay que reconocer que el Jesús del Bautismo es un hombre adulto, sí, adulto para aquella época, pues andar entre los treinta años en ese tiempo, no era como ahora. Por tanto han pasado muchos años desde el niño Jesús que besábamos al final de las celebraciones navideñas y este Jesús que se bautiza en el Jordán. El Bautismo del Señor va a dar inicio a lo que conocemos como vida pública de Jesús que es el tiempo más corto de su vida, pues la mayor parte de ella la pasó en Nazaret en una vida ordinaria para un judío de su época.

Los primeros discípulos de Jesús, en el Evangelio de Juan, son precisamente discípulos de Juan el Bautista, a los que el propio profeta les invita a seguirle

Pues bien sobre esa vida pública de Jesús es sobre la que vamos a hacer una lectura continua en este tiempo ordinario que ahora iniciamos. Este año lo vamos a hacer de la mano del Evangelio de Marcos. Y, sin embargo, curiosamente mi comentario versa sobre el Capítulo primero del Evangelio de Juan. ¿Por qué? Porque finalmente estamos todavía en una cierta presentación de Jesús. El Evangelio de Juan se detiene un poco más que el de Marcos en esa presentación. Lo hace no solamente a través de su denso prólogo, que es una especie de resumen de todo el Evangelio, sino también a través de los testimonios de Juan el Bautista y de sus primeros discípulos.

Los primeros discípulos de Jesús, en el Evangelio de Juan, son precisamente discípulos de Juan el Bautista, a los que el propio profeta les invita a seguirle. Es Juan Bautista el que presenta a Jesús como el que bautiza con el Espíritu Santo, ya no con el agua como lo hace él. Viene a decir que su bautismo ya ha quedado superado, pues ahora es a Jesús al que hay que seguir ya que Él es el que va a comunicar la verdadera vida. Sí, Juan Bautista lo proclama, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, es decir todo lo que estorba para una verdadera vida, la que corresponde a lo que Dios quiere para la humanidad, que tenga vida y vida abundante, no como la que da el mundo, tantas veces falseada, sino la vida feliz que Dios nos desea a todos. Juan el Bautista viene a decir a sus discípulos que Jesús es el Hijo de Dios y que le sigan.

En los Evangelios sinópticos, es Jesús el que llama a sus discípulos, en el Evangelio de Juan, son los discípulos de Juan los que le siguen. Es decir se ponen a caminar detrás de Jesús, que es seguramente la mejor forma de decir que uno es discípulo de Jesús: ponerse detrás de él y seguir sus huellas.

Del otro no que se queda con Jesús se dice su nombre. ¿No será porque ese segundo discípulo podemos ser todos los que también “vamos, vemos y nos quedamos”?

El diálogo que se establece a continuación, breve, pero denso en significado, pone de manifiesto el verdadero sentido de la decisión de caminar detrás de Jesús. El encuentro con el Maestro implica algo más que seguir unas enseñanzas. La búsqueda de aquellos dos discípulos se refiere más a un nuevo estilo de vida, de comunión con él. La invitación de Jesús, «Venid y lo veréis», es una llamada a experimentar el encuentro con Él, con su persona y su estilo de vida. El «ver» implica comunión de vida, adhesión profunda, compartir su destino: aquel que se entrega para la salvación de todos. Los discípulos están decididos a aceptar esta propuesta de vida, por eso !vieron dónde vivía y se quedaron con él”.

Por último, no solo se quedan con él sino que comunican lo que han visto en el encuentro con Jesús a otros para que también le sigan. Uno de los primeros es Andrés, que luego hablará de ello con su hermano Pedro. Pero del otro no se dice su nombre. ¿No será porque ese segundo discípulo podemos ser todos los que también “vamos, vemos y nos quedamos”?

Tal vez esa puede ser la pregunta que siga resonando en nuestro corazón a lo largo de esta semana o a lo largo de todo este “tiempo ordinario”

Enrique Losada ss.cc.

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