Evangelio joven: «Uno u otro» (22-sep)

Lecturas

La parábola del Evangelio de Lucas es seguida por tres dichos que la interpretan y la complementan. En conjunto, se trata de una enseñanza de Jesús sobre un tema común: el discípulo ante los bienes y las riquezas. Me fijo solamente en el último versículo: “Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13)

Notamos primero que el dicho no es propiamente una interpretación de la parábola, sino un añadido, que guarda relación con ella solamente en cuanto al tema, las riquezas. De hecho, se encuentra también en el Evangelio de Mateo en un contexto muy diferente, como es el Sermón de la Montaña (Mt 6,24).

Jesús enseña a sus discípulos que deben elegir entre Dios y las riquezas.

El contenido es muy claro y muy tajante. El discípulo de Jesús está ante dos caminos y debe elegir uno: o Dios o el dinero. En verdad, el texto griego original no tiene la palabra “dinero”, sino “mamonas”, una palabra algo extraña, que probablemente tiene la misma raíz de la palabra hebrea “amen” y significa por tanto “algo en lo que se confía”. De aquí que algunos la traduzcan con “dinero” y otros con “riquezas”, “posesiones”, etc. El sentido del dicho se hace entonces aún más claro: no podemos poner nuestra confianza en Dios y, a la vez, en las posesiones. Una cosa excluye la otra.

El papa Francisco comenta este versículo así: “mientras haya una Iglesia que ponga la esperanza en las riquezas, Jesús no está allí. Es una ONG de beneficencia o de cultura, pero no es la Iglesia de Jesús. La pobreza está al centro del Evangelio” (del documental del 2018 El papa Francisco: un hombre de palabra). Jesús vivió de manera pobre y comprendió su misión como “proclamar la Buena Noticia a los pobres”. Al mismo tiempo, denunció los peligros de las riquezas que seducen y esclavizan al hombre. Exclamó “¡Ay de vosotros, los ricos!” (Lc 6,24), siendo bien consciente de que el apego a las posesiones destruye las relaciones con nuestros hermanos, nos vuelve egoístas y nos arruina la vida.                

Esta sentencia nos lleva automáticamente a examinarnos. ¿En qué o en quién ponemos nuestra confianza? También: ¿a qué señor servimos: a Dios o al dinero? ¿Qué buscamos y qué deseamos con todas nuestras fuerzas?

Damiano Tonegutti sscc

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