Evangelio joven: “Uno de los nuestros» (3-feb)

Lecturas

El evangelio de esta semana es la continuación del de la semana pasada. Habíamos dejado a Jesús en la sinagoga de Nazaret: tras leer la profecía de Isaías sobre un futuro en que no habría más ceguera, ni cautividad, ni dolor, Jesús había afirmado solemne: «esto se cumple hoy, conmigo». Ese anuncio de plenitud y de final del sufrimiento llena a la gente de Nazaret de alegría y de no poca sorpresa.

Esa alegría y esa sorpresa la hemos podido sentir también nosotros: quizás al sentirnos perdonados por Dios, al descubrir nuestra capacidad de darnos a otros, o al experimentar el vínculo de la fraternidad, al sentirnos acompañados en nuestras soledades… Experiencias en las que se actualiza hoy para cada uno de nosotros el anuncio de Jesús: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Corremos el riesgo que basta con que él, el salvador, se hiciera uno de los nuestros hace muchos años para que todo quedara arreglado.

Sin embargo, lo que ocurrió aquél día en Nazaret fue que la emoción y la alegría se tornaron en indignación y rechazo. La reacción de los vecinos de Jesús es la de quien sufre un amargo desengaño. ¿Qué se habrían imaginado los nazarenos, que estarían esperando de Jesús? Seguramente, los de Nazaret esperaban que «el crío de María (sí, mujer, ¿no te das cuenta…? El de José, el carpintero)» les hiciera la vida un poco más fácil a todos. Más que un Salvador, lo que esperaban era un «apaño».

Jesús reacciona contra esa falsa expectativa y, yendo más allá de la lógica reduccionista de su gente, recurre a ejemplos del Antiguo Testamento: Naamán, el sirio, y la viuda de Sarepta. Relatos que nos recuerdan que «lo de Dios» es para todos, sí, pero que a veces llega antes a «los de fuera» que «a los de casa»; ejemplos que muestran que sobre «lo de Dios» nadie puede hacer valer sus derechos: ni la familia, ni la amistad, ni los méritos.

Jesús fue uno de nosotros, plenamente hombre, y eso hace que todos nosotros –¡toda la humanidad!– seamos un poco nazarenos (aunque nunca hayamos salido en una procesión). Corremos el riesgo que basta con que él, el salvador, se hiciera uno de los nuestros hace muchos años para que todo quedara arreglado. Y quizás por eso, corremos el riesgo de aferrarnos a nuestras experiencias del amor Dios para que nos «apañen» la existencia.

Él, en cambio, se empeña en que no le conozcamos solo por sus signos y milagros, por sus «apaños»: Jesús quiere que le conozcas, que le quieras a Él, y no sencillamente lo que hace por ti. Jesús no se conforma con quitarte el sufrimiento y la soledad: quiere ser tu salvador.

El evangelio del domingo, entonces, nos invita a elegir si queremos relacionarnos con Jesús, conocerlo, dejarnos mirar por él… o si nos basta con saber «que está ahí» y que es «uno de los nuestros». Tú decides qué necesitas: un «apaño» o un Salvador.

Pablo Bernal Rubio ss.cc.

Related