Evangelio joven: “Solos con el solo” (13-ago)

1R 19,9.11-13
Sal 84
Rom 9,1-5
Mt 14,22-23

La liturgia, al proponernos como primera lectura la de Elías y su encuentro solitario con Dios en el monte Horeb (=el Sinaí), nos invita, a mi juicio, a detenernos, en el evangelio, no tanto sobre la tempestad calmada y la marcha vacilante de Pedro sobre el agua, cuanto sobre la oración solitaria de Jesús en lo alto de un cerro.

Fotografía: C. Gottardi (Unsplash)

“Dios se parece más al susurro callado de una brisa suave que a la fuerza desencadenada e incontenible”. Fotografía: C. Gottardi (Unsplash)

Elías, en un momento crítico de su ministerio profético, vuelve al lugar original de la religión israelita, al monte donde Moisés había actuado como mediador de la Alianza de Dios con las tribus que habían escapado de Egipto. Es como si el profeta hubiera sentido la necesidad de contemplar su misión interpeladora en la fuente originaria de la experiencia espiritual fundante de la religión de Israel y del profetismo. Y es muy significativo que lo que se le dio a conocer es que Dios se parece más al “susurro callado de una brisa suave” que a la fuerza desencadenada e incontenible de un huracán, de un terremoto o de un incendio: revelación de actualidad permanente, dada la tendencia instintiva que todos tenemos a concebir a Dios en términos de grandeza, a pesar de que en la Encarnación Dios quiso manifestarse justamente en la debilidad, y no en el poder, en una palabra propositiva y no impositiva, en la indefensión, y no en la violencia.

El evangelio -y no solo en el trozo leído hoy- subraya como uno de los rasgos característicos de Jesús, el que él se apartara, no solo de la muchedumbre sino también de sus discípulos, para pasar noches enteras solo frente a Dios, su Padre. Esas largas horas eran, sin duda, horas de aceptación y compenetración gozosa con los designios de Dios y con el papel que a Jesús le correspondía dentro de ellos. Esta toma de conciencia de su situación personal frente a Dios y a sus designios, le era necesaria a Jesús, dado que de muchas partes le venían “tentaciones” que trataban de hacerlo entrar por otros caminos y otros estilos.

Si estos períodos de toma de conciencia profunda destinados a mantener el rumbo auténtico de la existencia en relación con Dios le eran necesarios a Jesús, ¿cuánto más no nos serán necesarios a nosotros, zarandeados por tantas solicitaciones dispersivas, por tantos “modelos” de vida, por tantos anuncios que circulan y tienen vigencia en torno a nosotros!

No se puede ser cristiano de veras sin haber tenido la experiencia de una intervención protagonizada por Dios de modo personal. Fotografía: P. van Crombrugghe (Unsplash)

No se puede ser cristiano de veras sin haber tenido la experiencia de una intervención protagonizada por Dios de modo personal. Fotografía: P. van Crombrugghe (Unsplash)

No se puede ser cristiano de veras sin haber tenido la experiencia de una intervención protagonizada por Dios de modo personal, personalizadora y por lo mismosingularizadora, posesiva y a la vez comprometedora en la medida en que se percibe la exigencia de compartir el compromiso de Dios mismo con los hombres y con el mundo. Pero esta experiencia que funda un cristianismo personal y dinámico se nos puede diluir en el tráfago de lo efímero y de lo superficial. De ahí que sea necesario darnos tiempos en que tomemos conciencia de Dios como Dios y también de la verdad de nuestra existencia. No me gusta llamarlos tiempos de oración, porque esta denominación podría inducirnos a que nuestras “oraciones” los anularan. Prefiero llamarlos tiempos de desnudamiento, de despojo de todas las apariencias y convencionalismos, de búsqueda austera y sincera de situarnos en la luz cruda y dolorosa, de abrirnos a la realidad tremenda y fascinante de Dios que exige que la totalidad de nuestros dinamismos vitales se unifiquen y se concentren en él. Estos momentos son profundamente liberadores y transformantes, porque nos hacen conscientes de que nuestra vida es en última instancia un don gratuito que adquiere el carácter de misión.

¡Qué distinta sería la vida de las comunidades y movimientos cristianos, si fueran más numerosos los fieles que tuvieran el coraje de exponerse al encuentro de Dios, solos frente al solo!

Beltrán Villegas ss.cc. (adaptado)

Artículo anterior

Crónica de Canguro 2

Related