Evangelio joven: «Sin traje de fiesta» (11-oct)

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

(Mt 22,1-14) Domingo XXVIII de tiempo ordinario.
El evangelio de esta semana nos habla de un Dios con tantas ganas de dársenos que espera de nosotros una respuesta entusiasmada, dispuesta, alegre… ¡una respuesta de gala!

Seguramente nos sorprenda del evangelio de este domingo la figura de un Dios exigente. Acostumbrados como estamos a imágenes más blandas y moldeables, que se adaptan a nuestra situación, en lugar de que nosotros nos dejemos moldear por Él. A veces podría parecer que somos unos mimados o consentidos de nuestro Padre.

Como vemos en el texto Dios tiene la necesidad de darse, de entregarse por nosotros. ¡Dios nos ha invitado a un banquete, a una fiesta, quiere celebrar con nosotros simplemente que queramos seguirle! La alegría debería embargarnos, no obstante, con demasiada frecuencia ponemos objeciones e impedimentos. Y nos frenamos. Nos volvemos duros ante las palabras que deberían modelarnos.

Preguntémonos cada uno ¿qué excusas pongo para no asistir al banquete del Señor? Podría revisarme personalmente cuando no voy a la eucaristía, a la catequesis o comunidad, o no asisto al voluntariado.

¿Y, a qué viene lo del vestido? Fijémonos ahora en cómo Dios, no solamente es exigente en las formas, sino también en el modo. Él nos quiere y nos necesita al 100%, no le valen las medias tintas. El Señor no quiere que vayamos a su encuentro ni al de los demás vistiendo la camisa de la indiferencia y los pantalones de la mediocridad. Cuando visto así solo me fijo en mi mismo, me da igual lo que le pase al resto, no me preocupo por estar en lo que tengo que estar, sino simplemente en presentarme en los sitios de cuerpo presente, pero de espíritu ausente.

En cambio, quien viste su corazón con traje de gala es porque sabe a donde va y lo que va a hacer; se ha preparado a conciencia y está dispuesto a comprometerse radicalmente. Se trata de la clase de gente que se deja vestir por Dios, y no busca revestirle con sus propias imágenes.

¡Dios te invita a un banquete, prepara tu corazón con tus mejores prendas y ve!

Tomas Esquerdo sscc

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