Evangelio joven: «Señor, dame esa agua» (15-mar)

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». […]

(Jn 4,5-42) Domingo III de Cuaresma
En este encuentro al borde del pozo, Jesús dialoga con la samaritana. Con sus palabras, Jesús completa su verdad: pone luz, descubre una sed. Da vida.

La escena comienza con un “hablar sobre agua”, Jesús sentado en el pozo, sacar de lo profundo, agua viva…sin embargo ella parece que no termina de entender.

El encuentro se rompe por la mitad cuando Jesús lleva la conversación a una hondura mayor. Cuando ella le pide que le dé de esa agua viva él pide: “vete y llama a tu marido”. Ella contesta, más o menos rápido (con lo que ofrece el texto no podemos saber si la respuesta fue inmediata o si le llevó un tiempo asimilar que Jesús había dado en la diana).

En cualquier caso, no pasemos por alto esta afirmación, “no tengo marido”. Variará si al leerla, en silencio, imaginamos a la mujer mirando hacia abajo, como quien es consciente de haberse encontrado con una verdad honda que, aunque ignorada mucho tiempo, estaba ahí: no tiene marido. Queda impactada. Su sed ha salido al descubierto; antes hablaba sin pasar de lo físico, sin entender, ahora comienza a darse cuenta.

Jesús completa su verdad, “no tienes marido porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes tampoco es tu marido. En esto has dicho la verdad”. La mujer no se defiende, no busca escapatoria. Acepta la luz arrojada sobre su vida. ¡Cuánto nos puede costar decirnos nuestra verdad más profunda!

Trayéndolo a nosotros, esos cinco maridos bien pueden ser cosas que ocupan nuestro corazón pero que, en el fondo, tampoco nos sacian. Y como no nos sacian, saltamos a otra. Y a otra. Y a otra. Sin pararnos a pensar que solo Jesús puede saciar esa sed.

Un último apunte sobre la samaritana (y sobre nosotros): ¿Está en crisis esta persona? ¿O, al tener el valor de pararse y ponerse frente a su verdad, puede ser este un tiempo de gracia, un tiempo favorable?

Santi González sscc

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