Evangelio joven: «Se parece a un tesoro» (26-jul)

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
(Mt 13,44-52) Domingo XVII de tiempo ordinario.

Cuando escuchamos “mi tesoro” a muchos nos puede remitir a la famosa frase de El Señor de los Anillos. ¿Qué elementos podemos rescatar de este género que merezca nuestro interés y qué relación puede tener con el Evangelio? ¿Con el tesoro escondido, el mercader que busca perlas preciosas o el que echa la red en el mar?

El primer elemento: el tesoro está escondido, pues reside en el mundo de nuestros deseos. Y el deseo tiene mucho que ver con la búsqueda. El que va tras la perla preciosa o encuentra un tesoro o echa la red, tiene en sí una actitud dinámica, de búsqueda, de esperanza, de esfuerzo y está dispuesto a la aventura. Hay un deseo detrás de todo ello, y es quizás lo primero a lo que debiéramos de recurrir cuando pensamos en el tesoro o en la perla preciosa o en la gran pesca. Detrás hay un deseo grande de encontrar aquello que buscamos. Sin este deseo, difícilmente podemos descubrirlo. Y aquí llega la pregunta inicial para cada uno, ¿cuál es el tesoro que deseamos? Porque en función de nuestros deseos, pondremos en marcha nuestros esfuerzos, virtudes, nuestro corazón y nuestra esperanza. Quizás tengamos que revisarnos sobre nuestros deseos de Dios. Y quizás haya que despertar dicho deseo frente a muchos otros, que entorpecen la posibilidad de encontrar y descubrir el tesoro por el cuál merece la pena vender todo el campo.

Tenemos por tanto varios elementos fundamentales respecto al Reino de Dios, para entender las parábolas. Éste está escondido, no se ve fácilmente, como el tesoro en el campo. Requiere de nuestra actividad, nuestra búsqueda, como el mercader y los pescadores, y para ello es fundamental revisarnos en nuestros deseos, aquellos que entorpecen y los que nos llevan a descubrir el verdadero tesoro. Por otra parte, los pescadores no pueden controlar lo que hay abajo del mar: tendrán que sacarlos con la red, ponerlo al descubierto y separar lo que es bueno de lo que no. Distinguir en nuestra vida que es lo que procede de Dios y nos lleva a Él o nos separa del Señor y su Reino. Por último, una vez encontrado, descubriremos por nuestra experiencia y no por exigencia, que merece la pena vender el campo, dar y entregar nuestra vida. Y aún así, nos quedará algo pendiente… ¿Mi tesoro? Es un tesoro al que nos podremos acercar, pero nunca poseer. Quizás habrá que ver en Gollum la enseñanza fundamental, la tentación de posesión nos lleva a la perdición, el verdadero tesoro es el que una vez descubierto, se da a conocer y se comparte. Pero lo primero es lo primero, orientar nuestros deseos y ponernos en marcha…

Nacho Domínguez sscc

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