Evangelio joven: “Salvador sin fronteras” (20-ago)

Is 56, 1.6-7
Rm 11,13,15.29-32
Mt 15,21-28

El Evangelio de este domingo nos puede sorprender e incluso crear alguna perplejidad. Finalmente en él se nos dice que Jesús tiene que echar pie atrás y cambiar de actitud ante una mujer sirio-fenicia, es decir “pagana” para los judíos.

En el evangelio de hoy se nos dice que Jesús tiene que echar pie atrás y cambiar de actitud ante una mujer sirio-fenicia, es decir “pagana” para los judíos. Fotografía: S. van Straaten (Unsplash).

En el evangelio de hoy se nos dice que Jesús tiene que echar pie atrás y cambiar de actitud ante una mujer sirio-fenicia, es decir “pagana” para los judíos. Fotografía: S. van Straaten (Unsplash).

Seguramente una de las dificultades que ha tenido siempre todo cristiano, dificultad que ha dejado su huella en la Historia de la Iglesia, es aceptar a fondo que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. A veces se ha puesto tanto énfasis en la primera parte de la afirmación que ha desaparecido la segunda y al revés. Combinar en nuestra aproximación a Jesús la afirmación de que es Hijo de Dios y al mismo tiempo hombre siempre nos cuesta.

Jesús es hombre verdadero y por ello nace, crece, se va educando, se va abriendo al mundo y a los hombres y lo hace dentro de un marco geográfico, de una cultura, de una lengua, de una tradición religiosa.

Jesús, va a sentir la pasión por Dios, ese Dios al que llama Padre y va a ser la voluntad de ese Padre la que mueve su vida, su vocación y su misión. Pero Jesús, al mismo tiempo, se va a mover dentro de la tradición religiosa que entendía que el Reino de Dios tenía que llegar primeramente a las “ovejas del Pueblo de Dios dispersas”. Eso es lo que había aprendido a la luz de la lectura de la Sagrada Escritura dentro de la tradición del Pueblo de Israel. Él quería ser fiel a Dios siendo fiel a lo que iba descubriendo en la Palabra.

En su recorrido por tierras de Palestina va a bordear las fronteras de aquellos pueblos que no formaban parte del que se llamaba “pueblo elegido de Dios”. Aquellos eran considerados paganos, excluidos del Pueblo de Dios.

Uno de esos momentos es el que recoge el texto del Evangelio de hoy, cuando Mateo nos dice que, después de una serie de polémicas que Jesús sostiene con fariseos y maestros de la Ley, se retira a la región de Tiro y Sidón. Entonces es cuando la mujer cananea, venida de aquellos contornos, le pide a Jesús que cure a su hija.

Para los judíos, la salvación no era para los de fuera, a quienes consideraban como  "perros". Jesús cambia de visión gracias a esta mujer extranjera. Fotografía: A. Spieker (Unsplash).

Para los judíos, la salvación no era para los de fuera, a quienes consideraban como “perros”. Jesús cambia de visión gracias a esta mujer extranjera.
Fotografía: A. Spieker (Unsplash).

La primera reacción de Jesús ante aquella petición nos puede parecer muy dura y que contrasta con la compasión que Jesús tantas veces siente ante el sufrimiento humano y que está recogida tan frecuentemente en los evangelios.

Sin embargo, no nos debemos dejar confundir. Lo que Jesús quería decir es que su misión, la que él entendía que le correspondía, era la que había comprendido a la luz de la Sagrada Escritura y esa era “reunir a los miembros del Pueblo de Dios dispersos”. Aquella mujer no era miembro del Pueblo de Israel.

Ahora bien, Jesús está apasionado por llevar adelante la voluntad del Padre y, por ello, ante la actitud noble y sincera de aquella mujer, va a contrastar la afirmación de la Escritura con lo que va viendo a lo largo de su vida y de su servicio y es que Dios, su Padre, no puede aceptar el dolor y el sufrimiento de cualquier ser humano sin hacer nada. La voluntad del Padre es que todos tengan vida y la tengan en abundancia. Por tanto, no se puede quedar con una interpretación literal de aquel pasaje de la Escritura y, rompiendo con la tradición, se conmueve y atiende el dolor de aquella madre que le pide que cure a su hija.

En la actitud de Jesús podemos encontrar una invitación a no quedarnos en palabras, por muy sagradas que están sean, sino que las contrastemos con la vida y, en esa interacción entre la Palabra y la vida, vayamos descubriendo lo que Dios nos pide en cada momento.

No olvidemos que Dios, el Padre de Jesús, es el fundamento de la Palabra y de la vida y que siempre va a apoyar nuestra conciencia para que sepamos descubrir su voluntad contando con una y con otra.

Enrique Losada ss.cc

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