Evangelio joven: “Sal y Luz” (5-feb)

Is 58,7-10
Sal 111
1Cor 2,1-5
Mt 5,13-16

Queridos amigos y querida comunidad:

“Me presenté ante vosotros débil y temblando de miedo” dice San Pablo y así escribo estas palabras que me piden. También de esta forma me siento cada domingo cuando me acerco al ambón de la Palabra.

Hoy creo que el Señor llama a tu puerta y a la mía a decirnos dos mensajes que van de la mano: “eres sal y luz” y “no te desvirtúes”.

A-TO6 sal (pixabay.com)

“Eres sal. Créelo. Eres sal.”

Eres “sal y luz”. Créelo. Eres sal. Así te ha querido el Señor, capaz de dar sabor a las cosas cotidianas, capaz de desaparecer aparentemente pero haciendo que todo tenga un gusto bueno.

Ser sal es un regalo y una tarea. Un regalo porque no has elegido cómo te llamas o cuáles son tus genes, ni has elegido a tus padres, tus profesores, tus compañeros… pero ellos han aportado algo del sabor que tú eres capaz de ser hoy.  Tienes una historia muy pegada a la sal de muchos otros.

Es una tarea. Tu sabor es único y sólo lo aportas tú. Y hay personas que necesitan tu “sabor”. Cualquier otro les parece demasiado soso o demasiado salado. Ahí está tu misión: ser sal de la tierra. Allá donde el Señor te lleve. Para aquél que te necesite.

No te niego que es difícil a veces saber calcular el punto justo para “llegar pero no pasarte”. Esa es la tarea del discernimiento: calcular el punto de sal que significa saber dónde y cuándo y cuánto dar. Pero ahí entra otra característica tuya: ser luz.

Eres luz. (Imagen: Dimasik en www.cathopic.com)

Eres luz. (Imagen: Dimasik en www.cathopic.com)

Eres luz.

A un fraile mayor le escuché una vez que él entendía la fe en la propia vida como la luz de un coche. La mayoría de las veces no se da uno cuenta si lleva las luces puestas porque es de día. A veces están apagadas. Pero en la oscuridad y la penumbra hace falta encender la propia luz. Casi siempre vamos con la luz corta: lo justo para no pegársela. En la vida significa vivir con cierta luz que nos guía: la Eucaristía dominical, mi comunidad, mi oración diaria, mi voluntariado… o sea lo justo para no perderse en el camino o no pegársela.

Pero en contadas ocasiones en la carretera ponemos la luz larga y ahí vemos un poco más allá: los carteles del final, las curvas que aún quedan lejos… En la vida la luz larga son momentos especiales donde un ve dónde tiene que estar, a quién debe entregarse o, en el fondo, donde poner el corazón para amar más y mejor.

Pues eres luz. El Señor te ha dado esa capacidad de saber mirar y adelantarte. De no perderte en el camino de tu vida y de llegar allí donde eres más bueno, más pleno, más verdadero… un camino que a veces sube al monte calvario y otras al borde del mar de Galilea.

Hermano: eres sal y luz. ¡Qué suerte tienes! El Señor te quiere muchísimo. Solo te pido una última cosa: no te desvirtúes. No eches a perder la sal o tapes tu luz. Eso no lo quiere Dios para ti.

Una vez más Él te dice que se fía de ti porque sabe cómo eres: sal y luz. Créelo y da gracias. San Pablo dirá que lo más grande que le pasó fue descubrir cómo le veía Cristo y desde entonces fue sal y luz.

Pedro Gordillo ss.cc.

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