Evangelio joven: «Sacudidos por las olas» (9-ago)

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

(Mt 14,22-33) Domingo XIX de tiempo ordinario
Contemplar llevó a Jesús a implicarse y complicarse la vida: lo muestra no solo con los de fuera, sino también con nosotros sus discípulos. ¿Tu silencio y tu oración te complican la vida?

El evangelio de este domingo nos regala algunas pistas interesantes para el tiempo de verano que estamos viviendo y para el nuevo curso, que dentro de algunas semanas se avecina.

La primera de ellas tiene que ver con la soledad y el silencio de Jesús. Después del encuentro con la gente, la comida compartida, la conversación y la fiesta, Jesús se aparta a un lugar tranquilo para orar. Después de un tiempo intenso de relaciones el Señor siente la necesidad de revisar pausadamente todo lo vivido y encontrarse más profundamente con su Padre. Sólo a través del silencio, el agua interior se puede aquietar. Y sólo el agua tranquila nos permite ver en ella el reflejo de nuestra realidad. Que hermoso sería terminar el verano con un breve tiempo para uno mismo, que nos permita revisar todo lo vivido en estos meses de pandemia y para poner manos de Dios todo lo que viene por delante.

Segunda pista. En el mismo momento en el que Jesús está orando, el evangelio de Mateo nos muestra como los discípulos están en la barca batallando con el fuerte viento, en medio de la tempestad. Siempre es bueno ensanchar la mirada para reconocer aquéllos lugares y realidades de nuestro mundo que están en medio de la tormenta y la angustia; ya sea por la pandemia o bien por otros acontecimientos que provocan muerte y sufrimiento (como lo sucedido en el Líbano con esa impresionante explosión).

La oración de Jesús y la lucha de los discípulos parecen a simple vista realidades contrapuestas. Sin embargo, el silencio y la oración no se contraponen a la dureza de la realidad y sus tormentas. “La contemplación nos lleva a la implicación, y la implicación, en muchas situaciones nos conduce a la complicación. Por eso hay muchas personas que rehúyen contemplar la realidad, y escogen espiritualidades menos encarnadas” (B. González Buelta sj).

El encuentro personal con el Señor siempre nos da una mirada más lúcida frente a nuestra vida y frente a las tormentas de nuestro tiempo. El compromiso verdadero siempre nace de la contemplación. Sabemos que cuesta reconocer la presencia del Señor en medio de mis noches y tempestades. Sólo aquéllos que viven la fe como un riesgo y un arrojarse al Señor, como Pedro, son capaces de sentir como su mirada nos perdona y sus manos nos sostienen.

Nico Viel sscc

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