Evangelio joven: «Querer al Pastor Bueno» (5-may)

Hch 5,27-41
Ap 5,11-14
Jn 21,1-19

En este tercer domingo de Pascua, el Evangelio nos presenta una nueva aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Reunidos siete de ellos, esta vez no con las puertas cerradas sino en el lago de Tiberíades, en Galilea, y vueltos a sus tareas de siempre, la pesca. Sin embargo sin Jesús esa pesca es infructuosa. Solo será fecunda cuando Jesús esté en medio de ellos. Sin embargo, me quiero centrar en mi reflexión en torno al diálogo que Jesús mantiene después de comer con Pedro.

El cuarto evangelio contrapone, en varias ocasiones, la figura del “discípulo amado” y la figura de Pedro. En efecto, si bien el modelo del discípulo amado encarnaría las actitudes propias de los miembros de la comunidad que surge del costado traspasado de Jesús, Pedro, por su parte,  representa las actitudes que deben ser objeto de conversión. Pedro representa la visión de aquel que cree que el Mesías esperado va a liberar desde el poder. Detrás de esa concepción van a venir muchas consecuencias individuales, comunitarias e institucionales, que, por cierto, no se han terminado con Pedro y que han llegado hasta nuestros días. Concebir la persona y la obra de Jesús desde el poder, por muy divino que éste sea, ha tenido y tiene consecuencias deplorables para la expansión del Reino de Dios, que solamente se realiza según la lógica del Amor: Amor entregado que solo espera amor como respuesta. Ahora bien, la respuesta de amor al Amor entregado únicamente es posible en la libertad. Y ahí tenemos el drama de Pedro y el drama individual y comunitario de tantos discípulos de Jesús. Vivir, desde la libertad, el amor.

Jesús resucitado: le pregunta a Pedro: «¿me quieres?» Es decir, «¿te identificas conmigo? ¿te animas a parecerte a mí?» Cuida de lo que más quiero yo.

Pues bien, ante la debilidad de Jesús, Pedro tiene miedo y traiciona. Es verdad que llora su culpa, pero todavía tiene que hacer un largo recorrido. El recorrido de la conversión al verdadero amor que caracteriza al “discípulo amado”. El diálogo, que recoge el texto evangélico de hoy, se ha visto a menudo, sobre todo en la meditación piadosa, como el reverso de las tres negaciones de Pedro. Está bien, pero hay algo más que, tal vez, sea difícil de captar en la versión española. De ahí que, a riesgo de pecar de pedante, os invite a considerar la versión griega, lengua original de este escrito,  donde el uso de los verbos φιλέω (querer de admiración)  y άγαπάω (querer de identificación) se suceden en las preguntas. Jesús en sus dos primeras preguntas usa el verbo del “querer de identificación” y en ambos casos Pedro responde con el “querer de admiración”. Solamente en la tercera pregunta Jesús cede ante el uso de Pedro. En el fondo en ese diálogo Jesús quiere calibrar qué tipo de seguimiento está dispuesto a llevar a cabo Pedro y qué tipo de conversión está dispuesto a realizar.  No es suficiente la admiración, hay que llegar a la identificación. Esto es costoso y Jesús, por eso, cede en la tercera pregunta, pero deja abierto el horizonte a la conversión definitiva de Pedro. Por eso le invita a seguirle y precisamente ese seguimiento le llevará a estar crucificado como su maestro. Ahí se producirá la identificación definitiva con él. También nosotros en nuestro seguimiento estamos llamados a identificarnos con Jesús cueste lo que cueste. Solamente con su fuerza, es decir con su Espíritu, seremos capaces de ellos.

Enrique Losada sscc

Related