Evangelio joven: «¿Qué tenemos que ver contigo?» (31-ene)

En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

(Mc 1,21-28) Domingo 4º de tiempo ordinario
El evangelio es chocante: en este domingo, parecen tener más fe los malos espíritus que los discípulos. En su incertidumbre, tienen por delante la tarea de fortalecer el encuentro con el Señor, no romper con él, sino dejarse alimentar por su Pan y su Palabra.

Descubrimos en este pasaje como S. Marcos no deja de insistir en la fe de los demonios y de oponerle, paradójicamente, la incredulidad de los discípulos. Unos estaban asombrados de su enseñanza. El espíritu inmundo en cambio le habla como si lo conociera y supiera a quién está hablando: “¿Qué tenemos que ver nosotros contigo?”. Los discípulos se encuentran desorientados ante tanta incertidumbre.

El espíritu impuro no se opone a acudir al lugar del culto con la gente que busca vivir puramente la fe. Lo esencial para el mal espíritu es alejar del culto el corazón de cada uno; aquí encontramos una llamada a cuidar la asistencia a la eucaristía, acercando nuestro corazón al culto. Y aunque resulte contradictorio, descubrimos como la incredulidad de los discípulos vale más que la fe de los demonios; y la eucaristía se convierte en auténtico espacio de encuentro con Cristo del que salimos sanados y fortalecidos.

De esta manera, el culto cuidado, la fe que profesamos, la comunidad en la que nos encontramos, la historia –vuestra historia con los Sagrados Corazones–, la experiencia de amor, de belleza, del bien que se realiza nos hace rechazar en nuestra vida aquello que nos separa de Él. Aunque hayamos podido caer a veces en el pecado, aunque en ocasiones lo que nos desvía nos haya resultado atractivo, la eucaristía nos fortalece en la fe, nos reorienta, es una fuerza que nos acerca a la luz y nos aleja de las tinieblas que en mayor o menor medida todos hemos experimentado. Es el alimento y el encuentro fundamental del cristiano.

¿Cómo te sitúas ante este encuentro que el Señor quiere que se dé entre tú y Él? “¿Que tenemos que ver contigo?”Significa que aún no te has dejado sanar por Él. Puede que te dé miedo lo que pueda pedirte, puede que te dé vergüenza por considerarte demasiado pecador para dejarte sanar por el propio Dios. Puedes que le admires, sepas de Él y tengas una buena formación cristiana; pero si no hay disposición auténtica de cambio, de que el Señor pueda decirte algo, trastocarte los planes., entonces lo que haces aún es evitarle. Si la experiencia cotidiana es dejarse ganar por la pereza, que no le pongas en tu orden de prioridad, que te cueste vivir la eucaristía, ahí tienes la invitación. Disponerte y vivir dejando que Él actúe en ti.

Si es así, has empezado ya a vivir una vida interior fascinante. Una extraña paz y felicidad. Él nos sostiene, fortalece, anima e impulsa aún en la situación de dificultad y tristeza que podemos estar viviendo. Dejarse encontrar, sanar es experimentar que lo último o más importante no es nuestro pecado, sino que el Señor se fija en cada uno de nosotros y nos atrae hacia Él, para que nuestra vida sea Vida en mayúscula.

Nacho Domínguez sscc

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