Evangelio joven: «¡Que se nos apagan las lámparas!» (7-nov)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad os digo que no os conozco”.
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

(Mt 25,1-13) Domingo 32º de tiempo ordinario
La historia de Jesús sobre las lámparas de aquellas diez doncellas nos habla de lo que dinamiza nuestra vida en tiempos de encrucijada. Nos toca elegir: ¿apostar por Dios, o descuidarme?

En los tres últimos domingos de este año litúrgico, en el que vamos siguiendo el Evangelio de Mateo, vamos a leer tres textos muy famosos: la parábola de las vírgenes prudentes y necias (este domingo), la parábola de los talentos y el juicio de las naciones. Estos textos pertenecen al discurso escatológico de Jesús. La liturgia al finalizar el año litúrgico confiere así a estos próximos domingos un marcado carácter escatológico, terminando con la celebración de Jesucristo, Rey del universo.

Sabemos que las parábolas son comparaciones en las que Jesús apunta hacia algún aspecto de la fe para que lo profundicemos y nos haga crecer. Podemos acercarnos a esta parábola desde las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

Empecemos por la última. En los Evangelios aparece reiteradamente la clave esponsal para mostrar la relación entre el Señor y el discípulo. Esa clave nos remite al origen de la fe como encuentro y encuentro de amor. Amor que entusiasma, amor que llena la vida, amor que espera en la noche, amor que ansía plenitud, amor que lleva a la entrega agradecida, confiada y alegre. Quizá con las vírgenes de la parábola cabría recordar nuestra relación con el Señor.

Las vírgenes prudentes podrían parecernos egoístas por no querer compartir con las necias. Pero, no es cuestión de egoísmo, es cuestión de imposibilidad. El aceite de las lámparas simboliza la fe. Fe que aunque vivida comunitariamente, que aunque alentada y sostenida por otros, siempre es personal y siempre necesita del cuidado de cada uno. Las vírgenes necias representan la situación en la que podemos encontrarnos cuando no cuidamos nuestra fe, cuando la damos por supuesta, cuando no ponemos los medios necesarios para que permanezca viva. Las vírgenes están en la noche, están en espera. A veces, cuando no sentimos en el presente nuestra fe muy viva, la abandonamos y nos dejamos llevar. Sin embargo, la parábola nos invita a seguir cuidando la fe en el presente, aunque sea oscuro, alimentados y sostenidos por el pasado, por el momento en que gozamos del entusiasmo y la alegría del encuentro (qué importante es la memoria y el recuerdo en la vida de fe) y alentados por la esperanza de que el corazón vuelva a caldearse (qué importante es la constancia y la paciencia en la fe, sin éstas no hay verdadero amor, verdadera fe). Quizá con las vírgenes de la parábola podríamos preguntarnos qué nos ayuda a cuidar nuestra fe, qué medios podríamos poner para que el aceite de nuestra lámpara no se agote. Podríamos recordar qué o quién nos ha ayudado en nuestra vida a fortalecer nuestra fe.

Por último, la esperanza. Nos cuesta aceptar y vivir que la fe cristiana siempre tiene un componente de vida en la noche. Aunque la parábola puede interpretarse de varias maneras, no podemos negar que la vida cristiana corresponde en la parábola no al banquete de bodas, sino al tiempo de espera, en el que es necesario velar, estar preparados, cuidar la llama de la lámpara, vivir en esperanza. La alegría cristiana siempre está conectada a la esperanza. Por eso S. Pablo varias veces en sus cartas nos invita a estar alegres en la esperanza. La vida cristiana nace y vive de la relación con el Señor, pero esa relación no es plena en este mundo. Es tras la muerte cuando se nos abre la posibilidad de una plenitud que solo vislumbramos como realización del amor que experimentamos en esta vida. Lo inmediato y acelerado de nuestro mundo nos dificulta vivir en esperanza. Nos hace buscar en otras cosas y de manera insatisfactoria la plenitud que se nos muestra en el amor al que nos abre la fe. Quizá con las vírgenes de la parábola podríamos preguntarnos dónde ponemos nuestra alegría, nuestra esperanza. Podríamos preguntarnos por nuestro deseo de Dios.

La fe, la esperanza y la caridad se reciben como un don y aumentan en la medida en que las dejamos dinamizar nuestra vida (como nos mostrará la parábola de los talentos de la próxima semana). Pidámosle al Señor que nos envie su Espíritu para que nos las regale y afiance en nuestro corazón.

Francisco Cruz Rivero sscc

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