Evangelio joven: «¡Por la alegría!» (30-jul)

1R 3,5.7-12
Sal 118,57.72.76-77.127-128.129-130
Rom 8,28-30
Mt 13,44-52

Nos volvemos a encontrar este domingo con un fragmento del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. En el cual aparecen un conjunto de parábolas. Dichas parábolas comienzan con la expresión “el Reino de los Cielos se parece a…”.  El término Reino de los cielos o Reino de Dios es muy importante en la vida y predicación de Jesús. Él nunca lo define, sino que a través de las parábolas y de su actuación trata de abrirnos a la compresión y experiencia del mismo.

Este término nos descubre cómo es Dios y cómo es su actuación. Por tanto, busca también una respuesta por nuestra parte, una conversión para hacernos más parecidos a Dios. Ante la mostración de la actuación de Dios, busca que confiemos en Él, que acojamos su actuación como Él quiere actuar, no como nosotros queremos que actúe, que respondamos de acuerdo a su actuación.

A-TO17 tesoroLas dos primeras parábolas, la del tesoro escondido y la perla preciosa, me parecen muy sugerentes y profundas. Tienen similitudes y diferencias.

En ambas aparece el Reino de Dios como algo de gran valor, tan grande que se vende todo para adquirirlo. Indudablemente, este elemento de ambas parábolas nos invita a cuestionarnos, a preguntarnos por la radicalidad de nuestro seguimiento, por nuestra respuesta enérgica al don que Dios nos da.

En la primera de las dos parábolas se nos menciona explícitamente la alegría, que podemos intuir en la segunda por ser la perla el objeto de búsqueda del comprador. Esta alegría aparece como la consecuencia que provoca el tesoro encontrado y la causa de la medida tan radical de venderlo todo. Se sitúa entre el encuentro y la venta de lo que se tiene. Hemos de pensar que se trata de una alegría inmensa, desmedida, desbordante… Esta alegría nos muestra un Dios que llena nuestra vida, que es aquello para lo que estamos hechos, lo que estamos llamados a encontrar. Si mi seguimiento no es alegre, tal vez es que no haya encontrado aún el tesoro o la perla. Por lo tanto, en vez de desanimarme, puedo seguir buscando la alegría de mi vida. Aún me falta por encontrar algo más maravilloso de lo que he ya he encontrado o experimentado.

Se nos llama a vivir atentos a este tesoro: a la presencia de Dios en nuestras vidas y en el mundo.

Se nos llama a vivir atentos a este tesoro: a la presencia de Dios en nuestras vidas y en el mundo.

Hay una diferencia entre ambos personajes. Parece que el primero no está deliberadamente buscando, parece que el hallazgo tiene algo de fortuito, mientras que el segundo sí. Creo que esto nos habla de dos tipos de personas. Los primeros que encuentran sin buscar, los segundos los que en su vida van buscando, a veces con insistencia y constancia. En este segundo caso, la parábola nos llama a la esperanza. Nuestro Dios no es un Dios que se esconda, sino que desea comunicarse con nosotros, por eso confiamos en que la búsqueda más tarde o más temprano obtendrá su recompensa. En el caso del primero, aunque no busque explícitamente, sí que hay que presuponerle una actitud de atención ante la realidad, una capacidad de profundizar más allá de la apariencia. Puede que otros pasasen por donde estaba el tesoro, pero al no tener esta actitud o capacidad no lo descubrieron. Se nos llama a vivir atentos a la presencia de Dios en nuestras vidas y en el mundo. Todos aquellos que son padres, educadores, catequistas… en su tarea de desarrollar la interioridad y despertar a la experiencia de Dios han de despertar esta actitud o capacidad de atención y de profundizar y también de búsqueda.

Francisco Cruz Rivero ss.cc.

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