Evangelio joven: “Pentecostés, una fiesta movidita” (4-jun)

Hch 2,1-11
Sal 103
1Cor 12,3b-7.12-13
Jn 20,19-23

La fiesta que hoy celebramos nos hace caer en la cuenta de que Dios es más grande de lo que podemos pensar. Solemos pensar en Dios Padre, o en Dios Hijo, pero muy pocas veces nos acordamos de Él como Dios Espíritu Santo. Misterio de Dios el de la Trinidad que celebraremos el domingo que viene. El día de Pentecostés, celebramos a ese gran desconocido, pero sin el que la Iglesia, ni nuestra vida de fe podría seguir.

A-Pas 8 - J. Coleman (unsplash.com)

Así es el Espíritu, un viento tumbativo que nos saca de nosotros mismos, que nos mueve nos zarandea. Fotografía: J. Coleman (unsplash.com)

Sabemos por el libro de los Hechos que los apósteles se encontraban reunidos en oración cuando un viento los envuelve y unas llamaradas se posan sobre sus cabezas. Así es el Espíritu, un viento tumbativo que nos saca de nosotros mismos, que nos mueve nos zarandea. Unas veces aparece como un fuerte huracán y otras como una suave brisa, que no se nota, pero está ahí. Y también es fuego, no un fuego decorativo o una llama pintada, sino un fuego que abrasa por dentro.

Y es que el Espíritu viene a encender una pasión. El viento y el fuego comparten una característica común no se puede atrapar y eso pasa con el Espíritu. No nos pertenece, no podemos moldearlo y hacerlo nuestro. La Iglesia, y nosotros, se muestra fiel al Espíritu, cuando no intenta amaestrarlo.

El Espíritu les lleva a los apóstoles a salir de su burbuja y les da el don de lenguas. Don que les sirve para poder comunicar a Dios a los otros. Poder hacer comprensible a Dios a los demás. San Lucas nos dice que todos los allí presentes, perteneciendo a todas las nacionalidades conocidas hasta el momento, los entendían. Y es que el Espíritu nos une, lo que en la torre de Babel quedó desunido por la acción del hombre, Él lo vuelve a unir y los llama a ser un solo pueblo.

A-Pas 8 - Pentecostés @hvanesagj (cathopic.com)

El Espíritu Santo es también fuego: no un fuego decorativo o una llama pintada, sino un fuego que abrasa por dentro. Fotografía: @hvanesagj (cathopic.com)

San Pablo en la primera carta a los Corintios dice: Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Y este es otro fruto del Espíritu, el don de la fe. Él nos va guiando por caminos que no conocemos para que confesemos a Jesús como nuestro Dios y Señor.

Jesús resucitado se les aparece a los apóstoles, les da el Espíritu y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Así con el envío del Espíritu comienza una nueva creación, donde el pecado ya no tiene la última palabra. El Espíritu Santo lleva adelante la tarea de perdonarlos. De la mano del Espíritu podemos llevar adelante el proyecto que Dios tiene para nosotros, nos devuelve a nuestro ser original en el momento de la Creación. Un ser sin pecado, un ser solo para Dios.

Demos gracias a Dios por el regalo de su Espíritu, que nos alienta, anima, conforta e impulsa nuestras vidas. Digámosle: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo”.

Pablo Márquez ss.cc.

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