Evangelio joven: “Nadie puede amar por ti” (12-nov)

Sab 6,12-16
Sal 62
1Tes 4,13-17
Mt 25,1-13

A veces me ha pasado con los amigos una situación algo desagradable.

Hay cosas que no se pueden compartir con los amigos aunque uno quisiera hacerlo. A veces he sido yo el que he pedido a otros que me “den” un poco de lo suyo y otras, no muchas, al revés. Hoy el evangelio nos habla de un “aceite” que no se puede compartir entre amigos. Una chica de 4º de eso hace años me decía que no lo podía entender. Que el aceite se comparte y punto. Sin éxito, trataba de convencerla de que no todo se puede compartir.

“Ese aceite condiciona la disponibilidad a acoger al Señor y a entrar con El en el banquete de bodas.”
Fotografía: D. Pentek

En otra ocasión un hermano (Poldo) me hizo una reflexión sobre esta parábola que me gustaría compartir con vosotros. Entonces me ayudó a mi oración, mi relación con el Señor y ojalá hoy pueda servir a algún buen lector.

Esta parábola trata del ámbito de nuestra relación con Dios. Considerar estas doncellas como deseosas simplemente de asistir a un banquete de bodas es no percibir el mensaje de la parábola. Estas doncellas están en camino hacia el matrimonio, y esa es la razón de su espera: el esposo debe llegar pronto. Para comprender el significado de la parábola hay que referirse, por supuesto, al simbolismo utilizado en todo el Antiguo Testamento para significar la relación de alianza que une a Dios con su pueblo. Cabe pensar en el texto de Isaías: “como se casa joven con doncella, se casará contigo tu hacedor, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios”.

Globalmente las diez doncellas parecen actuar de la misma manera. Las diez salen provistas de lámparas, todas esperando al esposo se adormecen y acaban durmiéndose al resultarles larga la espera. Pero Jesús subraya la diferencia entre las necias y las prudentes en el aceite del que se proveen. Ese aceite condiciona la disponibilidad a acoger al Señor y a entrar con El en el banquete de bodas. No llevar ese aceite capaz de alimentar la llama de la lámpara, ¿no es prueba de la falta de atención?, ¿no es falta de vigilancia y disponibilidad?, ¿no es haber banalizado su venida hasta el punto de perder el deseo concreto de tomar parte en su acogida?

Ciertamente en ese momento se podía haber encontrado una solución de recambio. Bastaría con que las vírgenes prudentes aceptaran compartir su aceite ¡cómo si cuando se trata de vivir el encuentro con Cristo se pudiera vivir de otros! No, la imposibilidad de repartir el aceite nada tiene que ver con la falta de caridad, la relación de cada persona con Cristo esposo es una relación única, diferenciada, eminentemente personal, que no puede prestarse. Ninguna sustitución, nada que otro comparta, puede compensar mi negligencia, el descuido ni la distracción de mi corazón.

“A las necias que piden, demasiado tarde, entrar en el banquete Jesús les responde: “no os conozco”, aludiendo al conocimiento propio del amor, hecho de reciprocidad, que no han tenido con él.”

En el encuentro con el esposo tampoco puede admitirse retraso alguno. Es él quien dispone los tiempos y los momentos, viene cuando quiere porque es él quien ha tomado la iniciativa de estos esponsales y es él la fuente de todo amor y de toda comunión. A las necias que piden, demasiado tarde, entrar en el banquete Jesús les responde: “no os conozco”, aludiendo al conocimiento propio del amor, hecho de reciprocidad, que no han tenido con él. Que sean rechazadas por desconocidas nada tiene que ver con que Cristo tenga el corazón duro como el pedernal y no quiera perdonar a los pecadores; simplemente indica que debido a nuestra tibieza e indiferencia podría ocurrir que llegáramos tarde a nuestra cita con él. Se nos sugiere esta posibilidad para que tomemos en serio la advertencia final: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”

Esa es por tanto la cuestión ante la que nos sitúa esta parábola: ¿Cuál es la calidad de nuestra búsqueda y de nuestra acogida de Jesús? ¿Está vivo nuestro deseo de él? ¿Deseamos verdaderamente que él venga a nosotros? ¿Hay aceite en nuestra lámpara?

Un abrazo.

(PD. Gracias especialmente a Poldo que hace mucho compartió su reflexión conmigo)

Pedro Gordillo ss.cc.

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