Evangelio joven: “Mira al cielo” (6-ene)

Lecturas

El Evangelio de este domingo cuenta el bello relato de la adoración de los magos de Oriente al Niño Dios. San Mateo elabora esta pasaje desde la esperanza de que la Luz de Dios llegue a todos los pueblos, como recoge la profecía de Isaías que escuchamos en la primera lectura: Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora (Is 60, 3). En los magos estamos los creyentes de todos los pueblos y de todas las épocas porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo (Mt 2, 2).

Mira al cielo. Tómate el tiempo para pensar en Dios, en sus promesas, en la Luz que brilla para todo hombre, en lo que de verdad merece tus desvelos en la vida.

¿Y si los magos no hubieran mirado nunca el cielo? ¿Y si nunca les hubiera interesado una plenitud que no fuera la que produce el simple “mirar la tierra”: unos deseos techados, un camino sin horizontes, una historia sin tensión narrativa? El Génesis nos cuenta cómo Abraham, el primer creyente y aliado de Dios de la Biblia, tuvo una historia parecida a la de los magos. Dios llevó fuera a Abraham y le dijo: Ahora mira al cielo y cuenta las estrellas, si te es posible contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia.(Gn 15, 5). ¿Quién le iba a decir a Abraham que la multitud de sus hijos, tantos como estrellas, incontables, estaba representada por estos magos escrutadores del cielo como él, presagios de esta iglesia universal y sin fronteras? ¿Quién le iba a decir que, entre todas las estrellas, una en particular, Jesús, brillaría para iluminar a todos los pueblos, para guiarnos en nuestras noches y en nuestras búsquedas?

Mira al cielo. Tómate el tiempo para pensar en Dios, en sus promesas, en la Luz que brilla para todo hombre, en lo que de verdad merece tus desvelos en la vida. Camina a su luz, no tengas miedo. Tu vida es más de lo que crees, los deseos que Dios ha depositado en ti son mucho más grandes que los que caben ahora en tu cabeza y en tu corazón. Ponte en camino. Siente con ese orante de la Biblia esa voz interior: Oigo en mi corazón, buscad mi rostro. Di a Dios: Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro (Salmo 26). Esa es la experiencia de Abraham, la de los magos. Consiente con Dios en esta aventura de buscarlo, de pedirle a su Madre que te lo muestre. Mira al cielo.

De noche, cuando la sombra
de todo el mundo se junta,
de noche, cuando el camino
huele a romero y a juncia,
de noche iremos, de noche,
sin luna iremos, sin luna,
que para encontrar la fuente
sólo la sed nos alumbra.

Luis Rosales

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