Evangelio joven: “Limpiar nuestra mirada…” (12-mar)

Gen 12,1-4
Sal 32
Tim 1,8-10
Mt 17,1-9

(Fotografía: Nuno Silva en www.unsplash.com)

De esto se trata en Cuaresma: limpiar nuestra mirada para poder contemplar gozosos la gloria del rostro del Señor. (Fotografía: Nuno Silva en www.unsplash.com)

La Cuaresma es siempre un tiempo en que se nos llama especialmente a la conversión, como en el tiempo de Adviento. Cabría preguntarse a qué hemos de convertirnos. Quizá lo más importante a lo que hemos de convertirnos sea a nuestra imagen de Dios. La Navidad y el Triduo Pascual son dos momentos del año litúrgico en los que se nos manifiesta de una forma especial el misterio de Jesucristo. Por eso van precedidos de dos periodos de tiempo de conversión, para prepararnos para poder contemplar y adorar el misterio que se nos revela. Como nos dirá la oración colecta de este domingo, limpiar nuestra mirada para poder contemplar gozosos la gloria del rostro del Señor.

Antes de la Transfiguración, relato que nos narra el Evangelio de hoy, Pedro ha confesado a Jesús como Mesías, pero también ha negado su pasión. Ahora se les anticipa a Pedro, Santiago y Juan la gloria que contemplarán después, pero que es inseparable de la pasión y la muerte. Nosotros, que también confesamos a Jesús como el Cristo, estamos llamados a descubrir toda la profundidad del misterio que se revela en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La Cuaresma nos ayuda a limpiar nuestra mirada para no hacernos un dios a nuestra medida, manejable y confortable. Y nos recuerda que no podemos separar la cruz de la gloria, que el camino a la gloria pasa por no eludir y afrontar la cruz, que no hemos de desfallecer pues la cruz que carguemos culmina en la resurrección.

En la Transfiguración Jesucristo aparece acompañado por Moisés y Elías, la ley y los profetas. Pero, quizá no aparecen solo por representar eso. Además, ambos comparten con el Señor que fueron rechazados, perseguidos, que encontraron la incomprensión, oposición y la deslealtad del pueblo…, pero pese a todo fueron obedientes a Dios. Jesús acepta y carga también con todo eso y asume al final del Evangelio de este domingo el título de Hijo del hombre, que entre otras connotaciones supone acoger la condición de siervo sufriente que volverá glorioso al final de los tiempos.

(Fotografía: @ferchu1965 en www.cathopic.com)

En el evangelio, gloria y cruz siempre van juntas. (Fotografía: @ferchu1965 en www.cathopic.com)

Esta teofanía sorprende, maravilla, atrae…, pero no puede ser asumida de inmediato, sino que necesita el caminar con Jesucristo para poder ir descubriéndola. Necesita de la pasión y la muerte para ser completa. Por eso, no es posible quedarse allí, por eso se nos manda escucharlo, para lo cual hay que seguirlo, por eso en la confesión de Pedro, que anticipa a este relato, se le dice que se ponga detrás de Jesús y le siga, por eso Abraham tuvo que salir de su tierra y ponerse en camino (como se nos recuerda en la primera lectura), por eso Moisés y Elías también caminaron. Y nosotros, ¿qué hemos de dejar para ponernos en camino con el fin de limpiar nuestra mirada para poder contemplar más nítidamente el misterio que se nos revela y dejar que nos transforme, nos transfigure y nos lleve a la vida gloriosa?

Pablo en su carta a Timoteo (segunda lectura) nos pide que tomemos parte en los duros trabajos del Evangelio y nos recuerda que hemos sido llamados a una vida santa e inmortal. Se unen nuevamente pasión y gloria. Las lecturas de hoy son una llamada a la paciencia, la esperanza, la fortaleza…

Quien contempla la gloria puede ser bendición para los demás, como se le dice a Abraham en la primera lectura. Quien se transfigura puede transparentar y ser reflejo de la gloria. Una de las fórmulas para despedir la Eucaristía dice “Glorificad al Señor con vuestra vida”. En la Eucaristía se nos manifiesta el misterio de nuestra fe a través de la escucha de la palabra y la fracción y la comunión del pan. Para glorificar a Dios con nuestra vida necesitamos, entre otras cosas, contemplar su gloria manifestada en la Eucaristía.

Tras el espanto que provoca en los tres discípulos el final de la teofanía, Jesús les dice “Levantaos, no temáis.” Quizá podríamos considerar estas palabras como parte de la propia teofanía, pues parecen resumir la misión de Jesús, aquel que se agacha, se abaja, se humilla… para levantar al hombre y darle la alegría de una vida santa e inmortal. La Cuaresma como tiempo de ayuno de lo que nos esclaviza y de lo que nos hace esclavizar a otros, de disponernos para ser salvados y levantados y para participar de la misión de Jesucristo acompañando a otros para que se levanten.

Francisco Cruz Rivero sscc

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