Evangelio Joven. Levántate

LEVÁNTATE

 

En los procesos de PJV buscamos la madurez de las personas. También todos los procesos educativos familiares o institucionales dicen buscar la plenitud personal . Pero no siempre es cierto. Crecer nos coloca ante alternativas de vida que cuestionan nuestra seguridad personal y a veces la seguridad de las sociedades que más que maduración, privilegian la seguridad de la misma institución.

 

 

En el evangelio de hoy se ponen de manifiesto distintas situaciones de vida en las personas que habían escuchado el mensaje de Jesús. Veamos cuales.

 

 

En primer lugar los apóstoles vienen  desde “la otra orilla”. Jesús los obligó a embarcarse para no quedar atrapados por una multitud israelita que le admiraba pero no le seguía, ni se aupaba a la nave de Cristo. Querían al líder, al caudillo o al superstar pero no ligar la vida a Jesús. Los apóstoles –que siguen con dudas a pesar de ver a Jesús actuar- vienen de la orilla de los paganos. Se preguntan sobre su adhesión total a Jesús. Aceptar el mensaje para los “otros” “los paganos” y, por ende, los “distintos a mí” significa rechazar que la relación con Dios  sea exclusivista y solo para Israel. Han de abrirse a pensar en un Dios de todos y por tanto pensar la maduración personal “religados” con todo y con todos. La situación interna de los apóstoles se ve reflejada en parte de la multitud que ha esperado al maestro en la orilla. Dos personajes nos muestran como hay personas que se asocian y entregan al Señor: la hemorroisa y la hija de Jairo. Ambas bajo el signo del número doce. Esta cifra (los años de enfermedad de la mujer y la edad de la niña al ser curada por Jesús) nos indica que proceden del Israel de las doce tribus, del Israel auténtico pero que solo puede crecer si se deja tocar por Cristo. Doce era la edad límite para dejar de ser un niño y convertirse en alguien autónomo y adulto.

 

 
La hemorroisa se desangra, muere sin sentido. Su dinero no la salva. Su religión que le dio confort ahora la relega al lugar de la marginación porque el mal la tocó y la enfermó y por tanto debía ser una apartada de Dios y los hombres. Pero la semilla calló en tierra buena. Confío en la Palabra de Dios; se salto las categorías falsamente religiosas que la esclavizaban y buscó a Jesús deseando tocar su humanidad. A Él se lo confesó todo: de donde procedía su enfermedad y que ella le había hecho legalmente impuro al tocarlo. Cristo la salva de perder la vida/sangre y momentáneamente la cura. Él la salvará totalmente –junto a otros- cuando Él se desangre totalmente en la cruz rociando sobre la humanidad la vida de la eucaristía y el bautismo, la vida del amor, la sangre y el agua de Dios.

 

 

Jairo es denominado al principio jefe de la sinagoga. Solo cuando desea ser no solo un puesto en una institución que encierra a Dios, sino una persona ante su Salvador, será llamado por su nombre personal. El amor a su hija como el amor a lo que había de autentico en Israel le hace superarse a sí mismo y abrir las expectativas de su pueblo para encontrar salvación en Cristo. Su forma de mirar a Yahvé, no cura. Su forma de leer la palabra, no sana. Tiene que ser nuevamente la humanidad de Cristo, el contacto personal con Él y su apertura de corazón quien traiga la vida. Su niña, su alma, los inocentes de Israel se levantarán porque Jairo se arriesgo a perder su puesto, su relevancia por amor a lo auténtico de su corazón. Y así la pequeña ira siendo denominada durante el texto: hijita (dependencia y cariño), hija (dependencia para los emisarios), chiquilla (pequeñez pero no dependencia), y muchacha (madurez, casadera y fecunda) justo a los doce años. Alguien autónomo aunque siempre habrá que “dale de comer” alimentarla.

 

 
Cristo este domingo también nos dice “levántate”. Es una invitación a la vida en plenitud que solo se consigue con la real adhesión a Jesús y su Reino. Es una invitación a buscarle más allá de nuestro confort como lo hicieron los anhelantes Jairo y la hemorroisa. No solo es buscarle; es tocarle y optar siempre por el olvido de sí para amarte a ti mismo sanamente y a los demás.

 

 

La maduración, la plenitud, la mayoría de edad proviene en el evangelio de que te preparen para amar y entregar toda tu vida a la manera de Jesús.  Es siempre crecer pensando en “toda la familia” que es arriesgando tu posición para “confesárselo todo a Él” sabiendo que tú no eres el dueño ni el Dios de tu vida, y que solo de el Señor procede la salvación. Levántate y dale toda tu vida sino te quedarás como otros en la orilla, escuchando y no obedeciendo y al final como un “inmaduro” que ayuda a que se pierda la sangre. La de Jesús.

 

 

Nuestras instituciones educativas, nuestra catequesis, nuestra educación familiar debería alimentarnos no para que conozcamos a Jesús, ni siquiera solo para que confesemos la fe en Él sino para que demos el salto de dar la vida completa para amar y fiarnos de su amor. Conocer a Dios es instrucción: te confina a la inmadurez. Dejarte a mar por Él y amarle a él y a los hermanos con toda la vida es la autentica maduración, la autentica mayoría de edad que no muere.

 

 

 Silvio Bueno sscc

Related