Evangelio joven: “Lección para alumnos vagos” (29-oct)

Ex 22,20-26
Sal 17
1Tes 1,5c-10
Mt 22,34-40

Seguro que alguna vez todos hemos preguntado a algún profesor eso de “¿qué entra en el examen?”. Todos, sin excepción. Ahora que soy profe reconozco que me molesta que algunos alumnos me formulen siempre está pregunta en vísperas o incluso la mañana misma de un examen. Me molesta porque me da pena, porque no se dan cuenta de que en buena medida se están poniendo en evidencia y dejan ver que nos son buenos alumnos. Aunque esto no se cumpla siempre, en la mayoría de los casos evidencian que todavía no han empezado a estudiar o llevan muy poco; y cuando les dices eso tan tópico de que todo es importante y que la pregunta no es muy pertinente, ellos mismos reconocen con cierta guasa que son flojos y prueban de nuevo a ver si les echas un cable. Al final, viendo el panorama, cedes y das pistas de lo que entra; porque, aunque no lo parezca, los profes también queremos que los alumnos aprueben.

Salvando las distancias, algo así ocurre en el evangelio de este domingo. Los fariseos se dirigen a Jesús llamándole “Maestro”, que fue una de las formas que algunos de sus contemporáneos usaron para dirigirse a él. Ciertamente Jesús, de forma distinta a los profesores de hoy en día, se dedicaba a enseñar y era considerado por quienes lo seguían como una autoridad en la materia que impartía: la buena noticia, es decir, la fórmula para ser feliz y vivir en plenitud. Los fariseos no lo tienen en tan buena estima y lo llaman así un poco de cachondeo. No obstante Jesús se sitúa como el buen maestro que es y les da una lección, aunque ellos están lejos de ser buenos alumnos.

Los fariseos aprovechan la ocasión para ver si la respuesta de Jesús les satisface y les ayuda a borrar de un plumazo algunos de los muchos preceptos que tenía la ley judía. Cuanto menos, mejor. Así razonan también los alumnos más vagos, aquellos que piensan solo en lo que necesitan para sacar un cinco. En el fondo no les interesa nada lo que estudian y no van a aprenderse algo si no tienen la garantía de que sea útil. Está claro que tienen otros intereses. El asunto es que si esa actitud se extiende a la vida -ojo, que no es raro-, tenemos un problema. Porque si en la vida vamos a mínimos nos alejamos de nuestra versión más plena y nos estancamos en una versión mediocre de nosotros mismos. Buscar la excelencia en la vida, como en los estudios, exige trabajo, esfuerzo y constancia.

El evangelio de hoy presenta esta excelencia resumida en dos mandatos. Entenderlos es fácil, pero vivirlos resulta complicado. Una tentación es la de la autocomplacencia, que nos insinúa que, puesto que el objetivo es tan complicado, no pasa nada con quedarse a mitad (“¿de verdad crees que una persona corriente puede amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el ser?”) Otra tentación es la de la comodidad, que nos convence de que nos limitemos dos o tres cosas, sin complicarnos mucho la vida (“si yo ya voy a misa y rezo de vez en cuando y encima ya hago cosas por los demás…”)

Jesús es un maestro exigente, de esos que, aunque den pistas de los contenidos fundamentales, no rebajan la exigencia. Para él no basta conocer la teoría y la parte práctica supone el cien por cien de la nota. La mayoría suspendemos, pero todos los días tenemos la opción de recuperar. Es lo que tiene la evaluación continua: te obliga a no detenerte y a seguir avanzando con el bagaje de todo lo aprendido.

Ojalá seamos cada día mejores alumnos de Jesús, de esos que muestran interés porque realmente quieren aprender. Quizás la excelencia todavía nos quede lejos, pero para alcanzarla solo basta una cosa: buscarla con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser. Difícil, pero no imposible. Arriesgado, pero merece la pena.

Paco Egea ss.cc.

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