Evangelio joven: “La vida AC/DC” (25-dic)

Is 52,7-10
Sal 97
Heb 1,1-6
Jn 1, 1-18

Nuestra cultura ha establecido un calendario que divide la historia en dos etapas. Se trata de una distinción desproporcionada, ya que la primera es muchísimo mayor que la segunda. Ahora bien, esta descompensación no es más que una muestra de la importancia de la más corta y, sobre todo, de la trascendencia del acontecimiento que le da paso: el nacimiento de Cristo. Su venida al mundo es la bisagra que conecta dos periodos bien diferenciados, el punto de inflexión de una historia que nunca volverá a ser la misma por más que algunos aseguren que “la historia se repite”.

El pueblo judío lo sabía. Sabía que la llegada de un Mesías supondría un hito en su trayectoria como pueblo, pero se equivocaban creyendo que solo vendría para salvarles a ellos. La venida de Cristo, el Mesías, ocurre en el lugar más humilde de un pequeño pueblo a través de una pareja que pronto tuvo que aprender a vivir con lo puesto. Aquella noche solo unos pocos conocieron la noticia, pero aquel encuentro cambio sus vidas para siempre. Con el tiempo no fueron los únicos, y la Biblia y la Tradición nos cuentan que el encuentro con Jesús propició un cambio de vida en muchas otras personas que se fueron cruzando con él. Incluso tras su muerte, sabemos que han existido muchos hombres y mujeres para quienes el descubrimiento de Jesús ha supuesto un antes y un después. Y así es como llegamos hasta el día de hoy en el que cada uno de nosotros puede preguntarse si su vida también está marcada por un “antes de Cristo” y un “después de Cristo”.

Cuando el ángel del Señor le indica a José el nombre que ha de recibir el niño, Dios realiza una auténtica declaración de intenciones: Emmanuel, “Dios con nosotros”. Celebrar la Navidad es festejar la repercusión que Dios ha tenido en la humanidad y en la vida de cada uno. Para eso ha venido Dios al mundo, para “hacerse carne y acampar entre nosotros”, para que le dejemos entrar en el corazón, esa posada de la que tantos inquilinos entran y salen y donde a veces no le dejamos un espacio. ¡Qué distinta es la espera de aquel que encuentra al Dios de la esperanza! ¡Qué diferente es la vida del pobre que descubre al Dios que se hace pobre! ¡Cómo se remueve el interior del que sufre al saber que existe un Dios que murió en la cruz y que le abraza en su sufrimiento!

Dice el prólogo de Juan que “por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. El Dios creador, encarnado en el Niño de Belén, es capaz de hacer y rehacer todas las cosas, de modo que aquellos que se dejen tocar por su amor brillen y se conviertan en testigos de la luz. Que en cada uno de nosotros se actualice el misterio la Navidad. Que la Palabra acampe en muchos corazones. Que en nuestras vidas identifiquemos un antes y un después de Cristo. Feliz Navidad.

Paco Egea ss.cc.

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