Evangelio joven: “La samaritana” (19-mar)

Ex 17,3-7
Sal 94
Rom 5,1-2.5-8
Jn 4,5-42

¿Cómo tú, me pides de beber a mí?

Cuando me hablaron de Él por primera vez, de la Iglesia y de todo lo demás, me parecía una ridiculez. Pensaba: ¿de qué van? Encima, me parecían presumidos. Pensaba que aquello no era para mí, lo veía todo como un montaje.

Fotografía de www.cathopic.com

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El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Conocí a una persona que me fascinó. Me encantaba. Me preguntaba de donde sacaba aquella alegría, hondura, coherencia… Junto a él, conocí a otras personas que irradiaban energía e ilusión. Deseaba lo mismo que tenían ellos y por ello me agregué a su comunidad.

Dame esa agua

Entendí que aquello venía de Dios. Me atreví a hablar con él. Supliqué al Señor. ¡Dame sabiduría! ¡Dame fortaleza! ¡Enséñame el camino que debo recorrer, que estoy perdida! Nunca habría pensando que acabaría rezando pidiendo a Dios que  me tomara de la mano.

Anda, llama tu marido y vuelve

Parece que todo iba bien, me sentía a gusto con los demás, había encontrado mi sitio en la comunidad, el voluntariado me llenaba. Pero de vez en cuando salía un tema que no me gustaba nada. Lo intentaba esconder porque no venía a cuenta. Me daba vergüenza hablar de ello. “Se solucionará solo con el pasar del tiempo” pensaba. La verdad es que no lo quería afrontar.

Pero llegó un momento en que cedí y me derrumbé. Entonces acepté la mano que se me ofrecía. Mostraba por fin mi herida y acepté que se me ayudara a curarla. Me sentí invitada a confiar en Él y en mi acompañante. Asentí.

Fotografía de www.unsplash.com

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Veo que eres un profeta

Entonces sí, lo reconocí como verdadero profeta, sanador. Estaba sentada al lado de mis escombros, finalmente en paz conmigo misma. Mi confianza en él había aumentado. Le seguía de manera renovada, más libre, más responsable, más consciente y más humilde.

Nuestros padres dieron culto en este monte y vosotros decís…

Reconozco que me quedaba muchas veces en la cabeza y no bajaba al corazón. Frecuentemente mis oraciones eran monólogos o pensamientos sobre Dios en vez que diálogos auténticos con Él. En el fondo, lo seguía esquivando. Me daba cuenta de que seguía teniendo todavía miedo a su llamada a la radicalidad.

Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad

Volví a Él. Me ayudaron la oración personal, los retiros, el acompañamiento, el trato con los demás y con los pequeños.  Iba descubriendo que mi relación con Él se hacía cada vez más transparente y más confiada. Aprendía a escucharle en silencio, ya estaba menos asustada. Crecía y me sentía más yo misma, más libre. Aprendí a escucharle y verle en la vida cotidiana. Una extraña alegría se abría paso en mí. Reconocía agradecida el camino que había hecho Él para venir a mi encuentro, venciendo mis resistencias. Adoraba, sentía el agua viva fluir en mí.

Damiano Tonegutti ss.cc.

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