Evangelio joven: “La ocasión para una fe reavivada” (5-nov)

Mal 1,14-2,2b.8-10
Sal 130
1Ts 29,7b-9.13
Mt 23,1-12

No son pocas las personas, jóvenes y adultos, que se han alejado de la fe escandalizados o decepcionados por la actuación de una Iglesia que, según ellas, no es fiel al Evangelio ni actúa en coherencia con lo que predica. También el Señor criticó con fuerza a los dirigentes religiosos: “No hacen lo que dicen”. Sólo que el Señor no se quedó ahí. El señor siguió buscando y llamando a todas las personas a una vida más digna y más responsable ante Dios.

“El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt 23,12)
Fotografía: V. Davis

A lo largo de cada una de nuestras vidas también nosotros hemos podido conocer, incluso de cerca, actuaciones de la Iglesia poco coherentes con el Evangelio. A veces nos han escandalizado, otras nos han hecho daño, casi siempre nos han llenado de pena. Hoy, sin embrago, comprendemos mejor que nunca que la fragilidad de la Iglesia no justifica la mediocridad de mi fe.

La Iglesia tendrá que cambiar mucho, pero lo importante es que cada uno reavivemos nuestra fe, que aprendamos a creer de manera diferente, que no vivamos eludiendo a Dios, que sigamos con honestidad las llamadas de la propia conciencia, que cambie nuestra manera de mirar la vida, que descubramos lo esencial del Evangelio y lo vivamos con gozo y alegría.

“En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23,1)
Fotografía: R. Bardash.

La Iglesia tendrá que superar sus inercias y miedos para encarnar el Evangelio en nuestra sociedad, pero cada uno hemos de descubrir que hoy se puede seguir a Cristo con más verdad que nunca, sin falsos apoyos sociales y sin rutinas religiosas. Cada uno de nosotros hemos de aprender a vivir de manera evangélica las facetas de la vida sin dejarnos modelar por la sociedad y sin perder nuestra identidad cristiana en medio del mundo. La Iglesia tendrá que revisar a fondo su fidelidad a Cristo, pero cada uno de nosotros hemos de verificar la calidad de nuestra adhesión a Cristo. Cada uno hemos de apreciar y cuidar nuestra fe en el Dios revelado en Jesús. El pecado y las miserias de la institución eclesial no nos dispensan ni nos desresponsabilizan de nada. La decisión de abrirme a Dios o de rechazarlo es solo de cada uno personalmente.

La Iglesia tendrá que despertar su confianza y liberarse de cobardías y recelos que le pueden impedir contagiar esperanza en el mundo actual, pero cada uno de nosotros es responsable de su alegría interior. Cada uno hemos de alimentar nuestra esperanza acudiendo a la verdadera fuente, que es Cristo.

Que al acercarnos a la Mesa del altar nos dejemos transformar por el Espíritu de Aquel que es nuestro Maestro y Guía, es decir, por Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir a los demás.

Francisco de Paula Piñero y Piñero, ss.cc.

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