Evangelio joven: «La novedad de Jesús» (7-abr)

Is 43, 16-21
Sal 125
Flp 3, 8-14
Jn 8, 1-11

¡Qué bien nos conoce Jesús! El evangelio de este domingo es buen ejemplo de ello. Lo demuestra en la respuesta que da a los escribas y fariseos que le traen una mujer acusada de adulterio y también en el breve diálogo que tiene con la mujer, cuando ya los demás se han ido.

Cuando el evangelio de Juan narra este episodio, ya se han producido las primeras controversias sobre Jesús. Inmediatamente antes, nos describe una discusión en la que intervienen muchos: algunas gentes decían que Jesús era profeta, otros que el Mesías, otros lo dudaban porque era galileo; algunos querían que lo detuvieran, los guardias del templo reconocían que nadie hablaba como él y los fariseos acusan a los guardias de haberse dejado embaucar; Nicodemo dice que Jesús debe ser escuchado antes de juzgarlo y los demás fariseos le replican calificándole también de inculto y de galileo.

Y después de estas discusiones, los escribas y fariseos se presentan ante Jesús con una mujer a la que acusan de adúltera y a la que ellos ya han sentenciado, pero se presentan ante Jesús para preguntarle su opinión. Preguntan a Jesús para comprometerlo y poder acusarlo. No parece que les importe demasiado ni la suerte de la mujer ni la verdad de la Ley que supuestamente defienden. Les importa más comprometer a Jesús, que ya se ha ido dando a conocer cuando ha elegido a sus discípulos entre gente no precisamente honorable, ha provocado un altercado en el templo, ha hablado con samaritanos, ha curado en sábado o ha escandalizado por su manera de hablar de Dios.

A Jesús no le interesan discusiones antiguas, pasadas, que no generan más que muerte y rechazo. En Jesús se cumple lo que decía el profeta Isaías: “Algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?”

Jesús no entra en el debate que le plantean. No se refiere ni al pecado de la mujer, ni a la vigencia de la Ley de Moisés, ni a cómo debe de ser aplicada. Invita a los acusadores a mirarse a sí mismos. Entonces ya no son capaces de mantener la acusación y se van yendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta que no queda nadie.

A Jesús no le interesan discusiones antiguas, pasadas, que no generan más que muerte y rechazo. En Jesús se cumple lo que decía el profeta Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”

La novedad que representa Jesús se muestra luminosa cuando se queda solo con la mujer: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. Su novedad es la misericordia, el perdón, el Dios que nos ama y nos hace nacer a una vida nueva.

Podemos mirarnos a nosotros mismos y mirar a los demás desde esta novedad que es Jesús.

Aurelio Cayón ss.cc.

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