Evangelio joven: «Hizo barro y le abrió los ojos» (22-mar)

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. […]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él.

(Jn 9,1-17.34-38) Domingo IV de Cuaresma
Cuando una luz nos ilumina, se nos ven mejor los rasgos, pero se acentúan también nuestras sombras. Del mismo modo, el contacto con la luz de Cristo, para bien o para mal, no deja igual a nadie: pues pide posicionarse y elegir.

En cuanto un foco potente se dirige hacia ti, se te ven mejor los rasgos principales, pero marcan muchas sombras que emanan de que no eres liso. Tenemos arrugas, pliegues. No tendríamos zonas oscuras si fuéramos planos pero lo muy oscuro se hace cada vez más desconocido. Incluso deforma la visión de nuestra naturaleza. Parecemos ser en parte oscuridad.

En el texto del ciego de nacimiento, este personaje cada vez ve más y da más luz. Primero ve físicamente; luego su corazón se ilumina más y va comprendiéndose él (yo soy) y va comprendiendo a Jesús. Se convierte en un perfecto creyente obedeciendo sin comprender del todo al principio (yendo a la fuente). Luego dirá progresivamente, que no sabe quien es Jesús, que es un profeta, que viene de Dios y finalmente de rodillas lo confesará como Señor.

A su vez, sus vecinos, sus familiares y su comunidad religiosa va entrando en la oscuridad. En la ceguera más absoluta que es tener la verdad delante y no querer admitirla.

El contacto con la luz de Cristo no deja igual a nadie para bien y para mal porque te obliga a ponerte de cara o a esconderte. Sus vecinos no quieren ver más; sus padres temen ser expulsados; los religiosos no quieren cambiar la forma de ver a Dios y a la realidad. Acabarán expulsando de la comunidad al nuevo vidente, pero de hecho , al que echaran de su seno es a Dios mismo. Quieren matarlo.

La noche de pascua los catecúmenos y nosotros mismos nos encontraremos con el agua de la samaritana y con el cirio de Jesús resucitado. Celebrar con plenitud esa noche nos obliga ahora a tener la vida de cara a Dios o a rechazarlo; a incluirlo en nuestra comunidad y nuestra vida o a echarlo. Hay que decidir: no entre la verdad o la mentira sino entre la verdad y la maldad. Con los demás y con Dios.

Silvio Bueno sscc

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