Evangelio joven: «Historias de amor» (11-jun)

Ex 34, 4-6.8-9
Dn 3,52-56
2Cor 13,11-13
Jn 3,16-18

La literatura y el cine nos han contado historias de amor que han quedado grabadas en la memoria colectiva. En Romeo y Julieta los protagonistas se amaban tanto que no les importó enfrentarse a sus respectivas familias a pesar de la total oposición que estas plantearon desde el inicio. En la película Titanic Jack ama tanto a Rose que, tras el hundimiento, le cede todo el espacio en la tabla para que ella sobreviva, aun sabiendo que tal decisión le condenaba a muerte. En otra algo más reciente, El diario de Noa, el chico ama tanto a la chica que llega a escribirle una carta diaria aunque no reciba ninguna respuesta. Y así podríamos continuar esta lista interminable de obras que, aun sin quererlo, configuran la idea que tenemos del amor verdadero.

En todas ellas el que ama es capaz de luchar contra viento y marea y hacer grandes cosas por amor. Porque cuando se ama uno está dispuesto a darlo todo por el ser amado, incluso la propia vida.  Por ejemplo tú, ¿qué estarías dispuesto a dar por amor? Pues bien, en la vida real Dios amó tanto al mundo “que entregó a su Hijo único”. Es decir, que Dios entregó lo que uno más puede querer (un hijo) por nosotros… ¿Realmente merecemos tanto? ¿Y no es un contrasentido renunciar a lo más amado en favor de otros? Nos han repetido siempre que Dios es amor, pero ahora resulta que Dios ama de una forma un tanto extraña.

A-TO10 I. Gerosa

«Como agua que rebosa, el amor de Dios se derrama sobre el mundo». Fotografía: I. Gerosa (unsplash.com)

Para entender esta aparente contradicción nos puede ayudar la fiesta de este domingo, la de la Santísima Trinidad. Partamos de un presupuesto claro: en esto del amor Dios juega en otra liga. Es decir, practicamos el mismo deporte pero él juega en una división superior, porque para eso es Dios. De él decimos que es Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), uno y tres al mismo tiempo. Por eso Dios es amor, porque el amor es lo que define la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. No necesita nada ni nadie para amar: él ya es amor.

Observamos que el amor tiende a crecer y a expandirse, y por eso nos mueve a darnos más y más al otro. Como si fuese un vaso que rebosa, el amor de Dios se derrama sobre el mundo. Y así como el agua derramada es la misma que la que queda en el vaso; el amor de Dios al mundo y el amor en el que viven Padre, Hijo y Espíritu Santo son lo mismo. Ni más ni menos, el mayor amor que podamos imaginar. ¿Entregarse a uno mismo o entregar lo que más se ama? Mediante el Hijo Dios hace las dos cosas y no es un contrasentido.

Jesús protagoniza por tanto la historia de amor más grande y nos invita a escribir con nuestras vidas otras historias que reflejen que el amor verdadero no tiene medida. Ahora sí es el momento de preguntarse ¿qué estás dispuesto a entregar por amor?

Paco Egea Suárez ss.cc.

"¿Qué estarías dispuesto a entregar por amor?" Fotograma de Titanic (J. Cameron, 1997).

«¿Qué estarías dispuesto a entregar por amor?» Fotograma de Titanic (J. Cameron, 1997).

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