Evangelio joven: «Hacia la felicidad, ¿por dónde?» (17-feb)

Lecturas

Todas las personas llevamos en lo más profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.

Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y como encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.

Por eso, la escucha sencilla de las Bienaventuranzas provoca siempre en la persona un eco especial. Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes producen en nosotros un cierto desconcierto. Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo más hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.

A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el Evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.

Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.

Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.

Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar. Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón. Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.

Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. ¡Infelices los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses sin pensar en los demás!

Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. ¡Infelices  los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los hermanos necesitados!

Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los débiles. ¡Infelices los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano!

El mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido sino de su visión intensa de la justicia de Dios que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.

Por eso, termino recordando lo que nos ha dicho el Profeta Jeremías en la primera lectura de hoy: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza” (Jer 17,7).

Y lo que hemos rezado en el Salmo 1: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.

Si confiamos en el Señor, si avanzamos en vivir las Bienaventuranzas, si creemos en su Resurrección, entonces habremos escogido el camino que lleva a la auténtica felicidad y así podremos dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pida.

Paco Piñero sscc

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