Evangelio Joven: «Hablaba del niño a todos» (27-dic)

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

(Lc 2, 22-40) Domingo de la Sagrada Familia
Dos ancianos, Simeón y Ana, aguardando día y noche la liberación de Dios. Solo así reconocen al Salvador en un bebé presentado en el Templo.

En el evangelio de hoy se nos presentan dos personajes, Simeón y Ana, dos ancianos que estaban a la espera de la llegada del Hijo de Dios. Los ancianos representan para la cultura del pueblo de Israel la sabiduría, una sabiduría adquirida por las experiencias vividas a lo largo de tantos años de vida. En nuestra pareja, con todo lo que habían vivido, les faltaba solo una cosa: conocer al Salvador, al Hijo de Dios que nace en medio de este mundo.

Algo parecido pasa en nuestro tiempo. Cuando nace un nuevo miembro en la familia, poco tardamos en presentárselo a la gente, y los primeros en ver al recién nacido son nuestros mayores. Los que han vivido una larga vida se encuentran con los que acaba de empezar a vivir. Ven en el recién nacido la esperanza de futuro de algo que comenzó tiempo atrás. El recién nacido representa el futuro de la historia, la esperanza de que la vida sigue, con sus luces y sus sombras.

En este domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia bajo el lema: “Los ancianos, tesoro de la Iglesia y de la sociedad”. Si ha habido un año en el que nos hemos dado cuenta de la importancia de nuestros mayores, sin duda ha sido éste. Este año nos hemos dado cuenta de lo importante que es cuidarlos, pasar tiempo con ellos, darles un abrazo, decirles que los queremos. Son nuestra historia viva, nuestro pasado, nuestras raíces, al igual que Simeón y Ana lo son para el pueblo de Israel.

Cristo ha nacido, para todos. ¿Cómo vivo yo este nacimiento? ¿Qué nos trae para este año 2021?

Feliz navidad a todos, y que la alegría del recién nacido inunde a nuestras familias.

Ignacio Cervera sscc

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