Evangelio joven: “¡Feliz año nuevo (litúrgico)!” (2-dic)

Jer 33,14-16
1Tes 3,12-4,2
Lc  21,25-28.34-36

Comenzamos el tiempo de Adviento y con él año litúrgico. Uno se puede preguntar por qué esta diferencia entre años litúrgicos y años civiles. Es decir por qué esta diferencia entre el año cristiano que comienza a finales de noviembre o comienzos de diciembre y el año civil, que comienza en enero. La respuesta sería que éste último se ajusta al calendario gregoriano que es el más generalmente admitido y que, por supuesto, es una convención, y el año cristiano se ajusta a unas celebraciones que giran en torno a dos fechas centrales: la encarnación o navidad y la resurrección o la pascua. No pensemos que es el único que no concuerda con el civil más admitido, pues tampoco concuerdan ni el  musulmán, ni el chino, que, por otra parte, afecta a tanta gente de nuestro planeta.

Pero dejamos este asunto, más propio de repasos por Wikipedia y centrémonos en el año cristiano que aquí nos interesa. ¿Qué nos importa de él? Pues que a lo largo del nuevo año iremos recordando y celebrando los momentos más significativos de la vida de Jesús: nacimiento, vida de trabajo en familia, bautismo, predicación, milagros, muerte, resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo.

Con Jesús, caminaremos un año más hacia la Vida y hacia un mundo mejor ya en nuestros días y en nuestra tierra.

No nos contentaremos con recordar el pasado de la vida de Jesús, sino que experimentaremos una vez más que Jesús sigue siendo el “Dios-con-nosotros”; que su Evangelio es Buena Noticia para nosotros y para el mundo de hoy; que sigue pasando entre nosotros, que tiene una palabra de perdón y de curación, que es buen Samaritano y Buen Pastor para quien está herido o descarriado.

Con Jesús, caminaremos un año más hacia la Vida y hacia un mundo mejor ya en nuestros días y en nuestra tierra. Y, a la vez que caminamos con El, nos iremos identificando con su modo de ser y de vivir; tanto caminar con Jesús a nuestro lado, seremos capaces, como El, de pasar la vida haciendo el bien y confiando en Dios.

En este sentido el Evangelio del primer domingo de Adviento nos recuerda que Jesús, después de su llegada a Jerusalén aparece enseñando en el templo y allí pronunciará según la versión de Lucas el “discurso escatológico” –es decir el discurso que tiene que ver con el final de la historia–. El estilo del discurso es un tanto apocalíptico,  género literario que se caracteriza por utilizar imágenes muy simbólicas, ya que en el fondo se habla de algo que no se conoce ni se ha experimentado y que más bien quiere sugerirse. De todas formas los “signos del cielo y en la tierra” tampoco nos pueden resultar tan extraños: ¿no estamos acostumbrados a ver en los medios las imágenes de guerras, violencias, desastres, inundaciones, terremotos, etc? ¿Es así como puede acabar todo? El evangelio de Lucas nos dice que no, que en medio de tantas sobras no debemos olvidar la luz que ha traído el “Hijo del Hombre”, que el Evangelio identifica con Jesús.

Pero para dejarse iluminar hay que estar atentos como el mismo Evangelio nos recuerda en boca de Jesús: no podemos dejarnos llevar por el embotamiento y en el adormecimiento ante la vida refugiándonos en cualquier cosa, ya sea la rutina, la diversión, la evasión.  No, tenemos que estar en vela, vigilantes, fuertes y dispuestos. Una ayuda grande para ello será la oración y la comunidad, como nos recuerda también Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses que leemos hoy también.

Comencemos el Adviento con estas actitudes que nos ayudaran no solamente a buena celebración de la Navidad sino también a un buen año cristiano.

Enrique Losada ss.cc

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