Evangelio joven: «Estadísticas… en clave de evangelio» (13-oct)

Lecturas

Si abrimos los periódicos o las revistas ahora mismo, seguro que entre las diez primeras páginas encontramos una estadística. “3 de cada 4 no sé qué”. “6 de cada 9 no sé cuántos”. Y en estos tiempos de campaña electoral más: seguro que encontramos alguna estadística sobre la intención de voto, o de la posible distribución de escaños en el parlamento.

En el evangelio de este domingo encontramos también una estadística. Siendo fieles al texto podemos decir que “uno de cada diez leprosos es agradecido”; e incluso, si lo leemos en comunión a los otros textos del evangelio, “todos los samaritanos siempre tienen algo que enseñarnos”.

La estadística que tenemos en el evangelio nos es perfectamente visible hoy en día. “1 de cada 10 personas es agradecida”. En este momento en el que cada vez oímos menos estas siete letras juntas, “G-R-A-C-I-A-S”, el evangelio nos recuerda que, como reza el refranero español, “es de bien nacidos, ser agradecidos”.

Normalmente, entonamos esta palabra cuando recibimos algo o cuando alguien hace algo por nosotros, pero sobre todo cuando se hace de manera gratuita. Cuanto menos esperamos ese algo que nos dan o que hacen por nosotros, más grande se hace ese “gracias”. Y es en ese gesto de gratuidad, donde establecemos una cierta relación con esa persona. Es desde los gestos y las entregas gratuitas, donde se asientan las relaciones de una manera diferente, sin buscar rentabilidades, sin caer en el “como yo te di, ahora me das tú”. En la gratuidad no buscamos una reciprocidad entre las dos personas implicadas. Sencillamente haces algo por el otro, sin esperar nada a cambio, por el simple hecho de hacer por el otro, lo que el otro no puede hacer por sí mismo. Sin mirar cuantos esfuerzos son necesarios. 

El evangelio se presta a estadísticas del tipo: “uno de cada diez leprosos es agradecido” o “todos los samaritanos siempre tienen algo que enseñarnos”. ¿Qué podemos aprender del leproso samaritano de este domingo?

Jesús en este evangelio actúa de esa manera: gratuitamente. Diez son los que van a él, y sólo uno es el que vuelve. Sólo uno reconoce este gesto gratuito de sanación, y vuelve para darle las gracias. ¿Sería el único que de verdad quería y necesitaba curarse? ¿El resto daba por hecho que lo “justo” sería que Jesús los curase y que formaba parte de sus funciones como Hijo de Dios? Mientras uno entiende que lo que ha recibido ha sido un regalo sin obligación de recibirlo (pero recibido sin más, sin que se le haya pedido nada a cambio), el resto se ha olvidado ya de quién es el que los ha curado.

Esto hace que me pregunte: cuando me siento a rezar y le pido al Señor, ¿lo hago de manera humilde, con sencillez, con seguridad? Y al mismo tiempo, ¿le doy gracias a Dios lo suficiente por tanto que me regala todos los días?

Lo común es acceder a la oración y pedirle al Señor: por mis padres, por mis hermanos, por mis abuelos, por los enfermos, por los pobres, por mis compañeros… Pero ¿le damos las gracias por regalarnos esa familia, esos hermanos, esos abuelos…?

Tenemos la suerte de contar con un Dios que no nos lleva la cuenta de todo lo que hace por nosotros. En nuestra relación con Dios, lo que prima no es la balanza de lo que recibo o lo que doy. En nuestra relación con Dios, por suerte, lo que prima es la gratuidad que mueve a Dios a hacer todo lo que hace, sin pedirnos nada a cambio, puesto que no se nos dice que los otros nueve que no volvieron, no quedaran sanados.

Y es que, afortunadamente, no podemos meter a Dios dentro de ninguna estadística, Él se sale de todas ellas, rompe con todos nuestros esquemas, con nuestros cálculos de esfuerzos, con la rentabilidad que a veces nos mueve a la hora de actuar.

¡Ayúdanos, Señor, a que nunca se nos olvide darte gracias por tanto bien recibido!

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