Evangelio joven: «En la casa de mi Padre» (12-mayo)

Jesús dice: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.

(Jn 14,1-12) Domingo V de Pascua.
En tiempos de #QuédateEnCasa, Jesús nos revela que nuestro hogar es el Corazón de Dios: casa donde todos, siendo diferentes, tenemos nuestro sitio.

El Evangelio nos habla hoy de la «casa del Padre» y de “moradas”. Me resulta inevitable relacionar estas imágenes con la consigna #QuédateEnCasa que está definiendo el tiempo de la epidemia. En todo el mundo hemos sido obligados a permanecer en nuestras casas por varias semanas, y muchos lo siguen siendo.

Presumo que cada uno mirará su casa de manera ambivalente en estas circunstancias. Es lugar de confinamiento que me separa de los demás y lugar que agradezco porque ofrece protección. Es lugar estrecho que me aburre y lugar donde me siento cómodo y seguro. Es lugar donde conflictos de siempre recrudecen y lugar donde nutro y enriquezco mis relaciones. Desgraciadamente, en ciertos casos prevalecerá lo negativo, en otros, afortunadamente, el positivo.

Preguntémonos ahora cómo es la “casa del Padre”. En primer lugar, es una. Desaparece la multitud de casas separadas y se queda una sola que cobija a todos. Luego, se nos dice que Jesús ha preparado en ella muchas “moradas”, que son los espacios destinados a cada uno. ¿Estamos leyendo una curiosa descripción de la arquitectura del cielo o hay algo más?

La metáfora de la casa apunta antes bien a describir de manera más gráfica nuestra relación con Dios. Lo primero: Dios es nuestra casa, “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). “Casa” indica también las personas que la habitan. Estar en la casa del Padre significa entonces ser su familia. Finalmente, las “muchas moradas” son las identidades de cada uno, que en esta casa no se funden ni confunden. Cada identidad ha sido “preparada” por Jesús.

Revelándonos al Padre, él nos ha revelado quiénes somos nosotros mismos, como hijos, como «lugares humanos», habitados y habitables.

Damiano Tonegutti

Related