Evangelio joven: «El que pierda su vida por mí…» (28-jun)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

(Mt 10, 37-42). Domingo XIII del tiempo ordinario.
Jesús tiene cosas a veces que parecen imposibles. Solo en el caminar tras él se va entendiendo que en las renuncias no perdemos: ganamos un amor más grande.

Qué duro es Jesús ¿verdad? Dice que le tenemos que amar más a él que a nuestros padres. ¡Ufff! ¿Cómo se hace eso? ¿Quién puede poner en segundo lugar a los padres que han sido los que, con su vida y su esfuerzo nos lo han dado todo y nos han aguantado todo? ¿Quién puede amar más a Jesús que a su propia hija o hijo? ¿Quién puede querer cargar con la cruz o no aferrarse a la vida? Aparentemente, esto es imposible.

Sólo en el caminar como discípulo de Jesús se van descubriendo algunas cosas que parecen imposibles. Los religiosos y religiosas lo tenemos más fácil para comprender todo esto o, mejor dicho, tenemos facilidad para experimentarlo. Hemos ido caminando en nuestras vidas dejando atrás padre y madre, hermanos y amigos. Y, sin embargo, hemos descubierto que amamos profundamente a todos los que hemos dejado. Y que pasan los años y todos ellos siguen presentes en el corazón.

Y, es que, amar a Jesús es un misterio, porque, en vez de amarte con un amor excluyente, celoso y acaparador; su amor se vuelve, en cada uno de nosotros, en un amor abarcante, generoso, inclusivo, en el cual, todos caben y todos son queridos con misericordia.

Lo mismo ocurre con el resto de las “exigencias” de Jesús. Es, como cuando empiezas a estudiar inglés: odias al profesor y maldices el idioma anglosajón, pero el día que se te presenta un grupo de ingleses y puedes entenderlos y hablar con ellos, te llenas de orgullo y, además, te es más fácil encontrar trabajo y entiendes que todas las renuncias tenían un sentido, todo el sufrimiento tenía una finalidad. Al hablar el nuevo idioma, te das cuenta de que muchas fronteras en el mundo se te han abierto. Pues lo mismo ocurre con el seguimiento de Jesús.

Joaquín Garre sscc

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