Evangelio joven: “El precio de la felicidad” (17-dic)

Is 61, 1-2a. 10-11
Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54
I Tes 5, 16-24
Jn 1, 6-8. 19-28

 “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad!”, le dice su amigo el zorro al pequeño príncipe. La experiencia que se expresa en este fragmento de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, de alguna manera es similar a la que los cristianos somos invitados en este tercer domingo de Adviento, pues celebramos el domingo de la alegría.

También en nuestro caso la alegría está provocada por el encuentro con el amigo al que esperamos, pues sabemos que va a venir y que con su presencia nos llenará de felicidad.
Fotografía: C. Horner.

También en nuestro caso la alegría está provocada por el encuentro con el amigo al que esperamos, pues sabemos que va a venir y que con su presencia nos llenará de felicidad. ¿Por qué esto es así?

El encuentro de Dios con el ser humano que se celebra en Navidad es motivo de alegría en primer lugar para el propio Dios. Es él quien toma la iniciativa, el que nos busca, el que se alegra cuando nos encuentra, como el pastor que halla a la oveja perdida, la mujer que recupera su moneda o el padre que sale a abrazar al hijo pródigo cuando éste aparece a lo lejos. Dios ha querido este encuentro con tal deseo, que ha puesto todo de su parte, pues ha enviado a su Hijo, que viene como uno más de nosotros.

Si somos conscientes de lo que este encuentro supone para nosotros, solo podremos alegrarnos. El profeta Isaías expresa esta alegría, porque sabe que la venida del Señor es buena noticia para los que sufren, libertad para los que no la tienen y vida abundante para todos. María se alegra en Dios, su salvador, porque ha querido contar con ella para traer su salvación, para hacer llegar su misericordia, para llenar de bienes a los pobres y colmar de vida a todas las generaciones. Pablo anima a los Tesalonicenses a permanecer alegres, dando gracias por todos los dones recibidos y esperando en Dios, que siempre cumple sus promesas.

Juan Bautista es como un espejo que sin hablar de sí mismo, refleja al Señor.
Fotografía: L. Cooper.

La alegría del cristiano es la de aquel que reconoce toda la capacidad de Jesús para aportar luz a nuestra vida. En el evangelio vemos a Juan Bautista, reconociendo la luz en Jesús que se acerca y siendo testigo de esa luz. Con su palabra y su vida hace que Jesús pueda llegar a otros, como un espejo puede hacer que la luz del sol llegue al lugar más recóndito. No habla de sí mismo. Cuando le preguntan quién es, todo son negativas: no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. En seguida habla del que viene detrás de él, con quien vale la pena encontrarse: “Allanad el camino al Señor”.

Ante el encuentro con Jesús, ¿empiezas ya a ser feliz?, ¿puedes ver su luz?, ¿estás disponible para que su luz y su alegría lleguen a otros?

Aurelio Cayón ss.cc.

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