Evangelio joven: “El grito” (28-ene)

Dt 18-15-20
Sal 94
1Cor 7,32-35
Mc 1,21-28

Los personajes de nuestro tiempo se rodean de asesores para que su imagen resulte siempre óptima, sin escatimar los gastos. Cómo vestir, qué decir, cómo moverse, cómo mostrar seguridad o empatía… Todo está tan estudiado que cualquier síntoma de naturalidad se valora por encima de la media. Ahora, en el resurgir de OT, se aprecia sobremanera la naturalidad de los jóvenes cantantes. En fin, seamos naturales y poco ortopédicos, quizá más que a las estrategias tendrían que remitirnos al ser.

Y ahí está la clave de Jesús, de su autoridad, de su manera de ser, de algo que llama la atención porque no se ha visto anteriormente. Jesús está íntimamente en comunión con el Padre. Su ser está abierto a la acción del Espíritu. Su vida está cimentada en la Roca del diálogo trinitario. Jesús es de Dios, radicalmente, sin fisuras. Eso lo tenían que notar sus contemporáneos. Él no era nada light, ni ambiguo, ni con otros intereses distintos que no fueran hacer la voluntad del Padre.

“El grito”, obra icónica de Munch, en la que parece haber captado este alarido de desesperación y profunda angustia.

El mal provoca un ruido interno que lleva a la desesperación. Al actuar Jesús, el hombre habitado por un espíritu inmundo se retuerce y emite un grito muy fuerte. El genial pintor Edvard Munch parece haber captado en sus cuadros este alarido de desesperación y profunda angustia del hombre moderno. En la década de 1890, a Laura, su hermana favorita, le diagnosticaron un trastorno bipolar y fue internada en un psiquiátrico. El estado anímico del artista queda reflejado en estas líneas, que Munch escribe en su diario hacia 1892:

“Paseaba por un sendero con dos amigos -el sol se puso- de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio -sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad- mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”.

“Es el grito del hombre con el espíritu inmundo en el momento en el que, por fin, dicho espíritu sale de ese ser que se ve liberado por el Nazareno”.

Yo me imagino que Munch ilustra el Evangelio de hoy: es el grito del hombre con el espíritu inmundo en el momento en el que, por fin, dicho espíritu sale de ese ser que se ve liberado por el Nazareno. Palabras y acciones, teoría y práctica renovadora acompañan la manera de ser y actuar de Jesús. Una pedagogía revolucionaria para la época, sostenida por una autoridad jamás vista hasta entonces. La fama y la admiración crecen por todas partes. El Reino se va abriendo paso en la victoria frente al mal. ¿Ayudamos también nosotros a que otros se vean liberados por sus pesos, sus cargas, sus agobios? ¿Somos cauce de liberación? ¿Escuchamos el grito de nuestros semejantes?

En nuestra sociedad tan saturada de ruidos, que ensordecen y anulan a las personas, invitemos a la escucha de la Palabra que armoniza y equilibra nuestro ser. Creemos espacios para compartir la vida, contrastar los “malos espíritus” que bloquean lo mejor de nosotros mismos y accedamos al encuentro con el Padre.

            Libéranos, Señor, con tu Palabra y tu presencia. Escucha nuestra voz, estén tus oídos atentos al grito de nuestra súplica.

Fernando Cordero ss.cc.

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