Evangelio joven: «Desacostumbrarse al aburrimiento y la tristeza» (28-abr)

Lecturas

A un joven el curso no le estaba yendo bien… Había suspendido muchas, en casa no se entendía con sus padres, lo había dejado con una chica después de mucho tiempo… Y le pregunto: “Y… ¿qué piensas hacer?”… Entonces se queda pensativo por un momento y me dice: “Nada, acostumbrarme”… ¿Acostumbrarse? Eso es TERRIBLE. Hay gente que se pasa la vida así, “acostumbrándose”… Acostumbrándose a la tristeza, a la impotencia, a la injusticia, a la ausencia de los seres queridos, a la soledad, a la oscuridad… Los Apóstoles aquel día estaban allí, “acostumbrándose”, tratando de acostumbrarse AL MIEDO, A LA DESCONFIANZA, A LA TRISTEZA DEL CORAZÓN… Y se encerraron para protegerse, pensando que eso les protegería del dolor y de las dificultades; se alejaron de la gente, se alejaron del mundo, se alejaron de todo.

Hay gente que se pasa toda su vida viendo pasar el tiempo, que no esperan nada, que creen que nada puede cambiar, que la verdadera felicidad no existe… Y al final el aburrimiento «aburrece»: y acabas teniendo una vida parecida a la de un burro.

Hay gente que se pasa toda su vida viendo pasar el tiempo, que no esperan nada, que creen que nada puede cambiar, que nada puede transformarse, que la verdadera felicidad no existe… Y prefieren no luchar, no esforzarse, dar las cosas por perdidas, no complicarse la vida; y así, caen en las redes del ABURRIMIENTO, prefieren aburrimiento… Y al final el ABURRIMIENTO ABURRECE, y acabas teniendo una vida parecida a la de un burro. Hay gente que no aprende a disfrutar, porque cuando experimentan la alegría, cuando se sienten felices, enseguida piensan que no puede durar mucho… enseguida buscan por todos lados la fecha de caducidad.

El don de Jesús Resucitado, el regalo de Jesús Resucitado para los creyentes es la PAZ, una paz sin fecha de caducidad y una paz auténtica y duradera, una paz del corazón que puede enfrentar cualquier tristeza, cualquier contrariedad, cualquier miedo, cualquier dolor… Es la paz que experimentaron los Apóstoles en el encuentro con Jesús Resucitado… Jesús llega y abre las puertas de par en par, abre hasta la última ventana, para que entiendan que si te encierras al final te falta el aire y te asfixias…  Es primavera y quizás no te has enterado; el mundo está lleno de vida y quizás no te has enterado… Hay que abrir puertas y ventanas, para salir y para que otros puedan entrar, hay que abrirse al ENCUENTRO DE TODOS, hay que salir a la calle, sea lo que sea que nos espere, para que nos dé el aire, para que nos dé el sol, para poder renovarnos… Hay que acoger la vida, con sus luces y sus sombras, sin miedo a tropezar, sin miedo a fracasar, sin miedo a NUESTRAS DUDAS, pero siempre con VALOR porque no estamos solos, porque Jesús va a caminar con nosotros, porque Jesús va a acompañarnos siempre, porque podemos confiar en Él, porque de la mano de Jesús todo puede cambiar, todo puede transformarse.

Tomás no estaba; ¿dónde estaba, adónde había ido? ¿Tenía cosas que hacer, había salido de compras, había ido al gimnasio, estaba trabajando, o en la Biblioteca? Tomás estaba a su bola, “a lo suyo”. El hecho es que había abandonado la comunidad, había abandonado la Iglesia, habría preferido la soledad; quizás quería creer por su cuenta, a solas, pensaba que no necesitaba de la comunidad, que no necesitaba la Iglesia. Tomás “pasaba de la Iglesia”. Por eso, a su vuelta, no cree, no tiene fe, piensa que los Apóstoles están locos… Y es que a cada paso que da Tomás alejándose de la comunidad, se hace más débil su fe, se hace más frágil su confianza en Dios, su fe en Jesús. Dios nos asiste y ayuda personalmente, pero hay una fuerza extraordinaria que Cristo nos da a los creyentes a través de la Iglesia, a través de la comunidad; en la celebración de la Eucaristía, cuando rezamos juntos, en nuestro grupo de catequesis, en nuestra pequeña comunidad; juntos, en comunidad, en comunión, nuestra fe se fortalece.

Eduardo de Haza sscc

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