Evangelio joven: “De leyes e impurezas” (11-feb)

Lev 13,1-2.44-46
Sal 31
1Cor 10,31–11,1
Mc 1,40-45

“No se trata ya sólo de una humillación, sino de marginación, de la exclusión del grupo”

La primera de las lecturas que la Iglesia nos propone este domingo puede resultar, cuando menos desconcertante. Aparece Dios en diálogo con Moisés y Aarón, dándoles la pauta para actuar con los leprosos: “El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro”. En nuestra sociedad, políticamente correcta, tales afirmaciones pueden resultarnos abusivas, y es lógico, puesto que alguien enfermo, no merece ser humillado de esa manera. Pero el texto va a más allá, y declara: “vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento”. No se trata ya sólo de una humillación, sino de marginación, de la exclusión del grupo. En nuestras mentes aparece un grito escandalizado (“¡Esto es el colmo!”), ya que nosotros actuaríamos de una manera muy distinta, ¿verdad?

Pero debemos tener claro que la Iglesia no nos propone este texto para que produzca escándalo o irritación en nosotros y mucho menos como propuesta de actuación, sino para situarnos en el contexto donde Jesús se desenvuelve, y para que podamos atisbar la profundidad de su hacer.

Así, en el evangelio, aparece un Jesús caminante, que va recorriendo todos los lugares de Galilea anunciando el Reino de Dios. Y en el camino de una ciudad a otra, el leproso del evangelio de hoy le sale al encuentro. La iniciativa es del leproso, sí, que probablemente ha oído hablar de Jesús, pero al no poder entrar a ciudades y pueblos a causa de su impureza, no ha oído a este en primera persona, ya que su predicación estaba siendo ante todo dentro ciudades y pueblos tal y como nos narra el evangelista.

“Jesús lo primero que hace es compadecerse, es decir, entrar en la vida del leproso, en su dolor fruto de la enfermedad, pero también de las diarias miradas recibidas, de rechazo, de repulsión. Entra en este dolor compartiéndolo”.

Jesús, aunque conocedor de las leyes, no se opone a este encuentro. El leproso le dice una frase algo extraña: “Si quieres, puedes limpiarme”. Aunque parece que está poniendo a prueba a Jesús con tal afirmación, detrás de ella se esconde una profunda confesión de fe que podríamos traducir por “conozco y confío en tu poder, que está por encima de la Ley, por lo que, si es tu voluntad, quedaré sanado”. Esta confesión va acompañada además de su actitud, que se nos muestra “suplicante” y “de rodillas” (reconoce la autoridad de Jesús). La actuación de Jesús que vemos a continuación supone buena noticia para unos y escándalo para otros.

Jesús lo primero que hace es compadecerse, es decir, entrar en la vida del leproso, en su dolor fruto de la enfermedad, pero también de las diarias miradas recibidas, de rechazo, de repulsión. Entra en este dolor compartiéndolo. Después nos dice el evangelio que extiende la mano y le toca (si bien la iniciativa del encuentro es del leproso, en el contacto es Jesús quien se lanza). Tocar la impureza supone el máximo grado de com-pasión, es decir, asumir la impureza, pero para levantar al excluido, para incluirlo en su grupo, en su familia.

La invitación es clara; salgamos de nuestros lugares habituales, no nos escandalicemos tanto por cuestiones ajenas, y rompamos con aquello establecido que nos impide acercarnos a “los impuros”.

Ojalá seamos capaces de salir hacia los leprosos de nuestro mundo, a los que se nos hacen “menos apetecibles” y tocarles; compartir con ellos nuestro camino y destino.

Jorge García ss.cc.

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