Evangelio joven: «Dad a Dios lo que es de Dios» (18-oct)

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas:
¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó:
«De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

(Mt 22,15-21) Domingo XXIX de tiempo ordinario.
Hay preguntas malintencionadas y preguntas que dan vida. Jesús recibe una de las primeras y la transforma. Y nos deja dándole vueltas: ¿qué le debo yo a Dios… qué me pide a mí hoy?

Un dicho hebreo cuenta que Dios creo el signo de interrogación y lo colocó en el corazón del hombre, y algo similar dijo San Agustín cuando hablaba de la inquietud de nuestro corazón que descansa en Dios.

Seguro que todos tenemos alguna que otra pregunta que nos acompaña en la vida, preguntas que nos mantienen despiertos, en búsqueda, que nos lanzan al futuro abriéndolo de nuevas posibilidades y que le dan un sentido profundo a nuestra vida. Pero no todas son así. Si nos fijamos en la pregunta que le hacen a Jesús, parece una pregunta vacía de ese deseo de búsqueda y de plenitud de la propia vida, y llena más bien de deseo de malograr la vida de otro por preservar lo propio.

Jesús no se contenta con estas preguntas. Busca comprometer la vida. Y pudiendo haber respondido a su pregunta simplemente diciendo “dad al César lo que es del César”, añade “y a Dios lo que es de Dios”. Jesús les deja ir con esta pregunta: ¿qué le debemos a Dios? ¿Qué nos pide Dios?

Una pregunta que se puede responder desde la experiencia de sentirse amado por Dios. Reconocer las huellas de Dios por nuestra vida nos lleva a hacernos esta pregunta del salmo 115: ¿cómo te poder pagar tanto bien como me has hecho? Reconocer este bien que Dios hace nos lleva de alguna manera a sentirnos en deuda, nos compromete. Y todo, porque nos hemos sentido verdadera y profundamente amados por Él. Dios que se entrega en Jesucristo de manera desbordante y generosa, nos provoca así a amarle y a seguirle, a responder a la llamada que nos hace a cada uno para también entregar y compartir la vida, para comprometernos en la construcción del Reino.

¿Y a ti? ¿Qué te pide Dios? ¿Cómo compromete tu vida?

Alberto Gaitán sscc

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