Evangelio joven: «Cuarenta días en el desierto» (21-feb)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
(Mc 1,12-15) Primer domingo de cuaresma

Si el evangelio diario fuera la banda sonora del tiempo litúrgico, la composición de este domingo bien podría llamarse «tema de la cuaresma». Y si yo fuera Jaime Altozano, podría explicar que está formado por tres de los leitmotifs más recurrentes de la Biblia: el del desierto, el de la tentación y el de la conversión. Escuchad, escuchad… ¿suena o no suena a cuaresma?

Sabemos que, en la sinfonía del pueblo de Israel, el desierto simboliza el lugar del encuentro cara a cara con Dios. El desierto evoca la experiencia del desasimiento; la experiencia de que las cosas que antes nos sostenían (ideas, planes, personas, éxitos…) se revelan incapaces de seguir llenándonos. ¡Qué duda cabe que la pandemia está siendo esa melodía para muchos de nosotros! Y a Jesús tampoco se le ahorró ese lento aprender a confiar en Dios. Experiencia humana que vivió toda su vida y que se simboliza en estos cuarenta días conviviendo con las fieras y servido por los ángeles.

Se escucha también el cacofónico motivo de la tentación, Satanás incluido. Pero que esto no nos despiste: en la Biblia, la tentación no es cuestión de poderes maléficos. Es más: si nos fijamos, descubrimos que el motivo de la tentación se basa en el de la libertad humana. Marcos no nos narra las tres tentaciones que conocemos por Mateo y Lucas; sencillamente nos presenta a Jesús sometido a la humana experiencia de ser tentado. Como nosotros, Jesús tuvo que ir aprendiendo a elegir qué hacer con su libertad, arriesgándose a dar pasos para realizar el Sueño de Dios. Acertó, pero no sin combate. Y ahora nos toca a nosotros.

Por último, suena épico el motivo de la conversión en boca del Señor. Allegretto paradójico, nos cuenta otra historia de ida y vuelta. Un final que es un comienzo y nos invita a emprender el camino de regreso a la casa del Padre. Y un comienzo que llega al final, cuando «se ha cumplido el tiempo»: pues Jesús es la culminación del sinfín de alianzas de Dios con nosotros, que se nos irán recordando domingo a domingo en la primera lectura.

Conversión, tentación y desierto… ¡sí, suena a cuaresma!

Pablo Bernal sscc

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