Evangelio joven: «Cocinados a la brasa del corazón ardiendo» (30-abr)

Hch 2,14.22-33
Sal 15
1Pe 1,17-21
Lc 24,13-35

Hace una semana, mientras veíamos en casa la prueba por equipos de Masterchef 5, que tenía lugar en un castillo lleno de templarios, desollando liebres y cocinando con fuego, era divertido observar cómo los concursantes tenían problemas con las brasas: o se pasaban de calor y tenían que retirar la cazuela o se quedaban cortos y tenían que avivar el fuego. Al hilo de esto pensaba en el evangelio que nos ocupa hoy, el conocidísimo pasaje de los discípulos de Emaús, en el que después de su encuentro con Jesús Resucitado, se despachan a gusto con esta frase: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Se ve que estos dos caminantes también tenían problemas con sus brasas. De hecho las tenían casi apagadas. Ya sea porque se habían separado de la comunidad, o porque no daban crédito a los testimonios de sus compañeros y compañeras, o bien porque sus motivaciones para hacer el camino de Jesús eran muy superficiales, poco a poco la cruz del Maestro se les fue haciendo demasiado grande para llevarla tras Él. Y vuelta a casa.

(Fotografía: A. Ruban en unsplash.com)

Que haga saltar la chispa que reavive las brasas de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor. (Fotografía: A. Ruban en unsplash.com)

Pasamos rachas nosotros que también nos sentimos sin fuelle, el del Espíritu. Alicaídos, desinflados, malgastados, carcomidos por el gris de los días, desnortados en el camino, con la agenda puesta del revés, o sea, priorizando lo secundario y olvidando lo importante. Coinciden estas etapas con la falta de entusiasmo y de oración, de compromiso, de atención al compañero caminante, con emperramientos negativos y discusiones estériles, sin saber si todo esto es causa o consecuencia. Nos hace falta entonces que el Peregrino nos acompañe de una manera especial, que nos explique su Palabra y que nos alimente con su Eucaristía. Que haga saltar la chispa que reavive las brasas de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor, para que la vida se cueza en estos fogones tan Suyos. Cuando esto pasa no hay que tener la menor duda: Jesús Resucitado ha estado con nosotros, aunque al principio no advirtiéramos su presencia. El fuego que Él enciende nunca se extingue, esa es la señal por la que lo reconoceremos. Si se apagó mi corazón, entonces es que no era Jesús, y me he dedicado a avivar hogueras propias y egocéntricas, que nada tenían que ver con Él. En este final de curso que se va aproximando, qué bien nos vendrá decirle a Jesús ese “Quédate con nosotros” y dejar que pase a poner a punto nuestra lumbre.

Al final de la prueba por equipos, algún concursante se quejaba de lo difícil que había sido el reto culinario a cuenta del tan traído y llevado fuego de brasas. Y es verdad, no es fácil tampoco para nosotros, que no acumulamos precisamente estrellas Michelin en esto de seguir a Jesús, mantener el corazón ardiente y entregado. Para esto siempre necesitaremos al Maestro.

José Luis Pérez Castañeda ss.cc.

(Fotografía: M. Tan en unsplash.com)

(Fotografía: M. Tan en unsplash.com)

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