Evangelio joven: «¡Bienaventurados vosotros!» (2-feb)

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

(Mt 5,1-12). IV domingo de Tiempo Ordinario
Cuando nos descubrimos leyendo las bienaventuranzas sin conmovernos es momento de parar y preguntarse. Porque quizás estemos amando demasiado poco… quizás creemos demasiado poco, esperamos demasiado poco de nuestro Dios.

Estamos acostumbrados a interpretar las bienaventuranzas en clave de felicidad. Y no es mala entrada: con las bienaventuranzas, el Señor nos dibuja todo un horizonte y una promesa: «¡seréis felices si vivís esto!». Pocas invitaciones pueden hacerse más bellas.

La cuestión es que, en ocasiones, nos descubrimos leyendo las bienaventuranzas sin conmovernos por esta promesa del Maestro. Es entonces momento de parar y preguntarse. Porque quizás estemos amando demasiado poco… quizás creemos demasiado poco, esperamos demasiado poco de nuestro Dios.

¿Me creo de verdad que la pobreza, la mansedumbre y la misericordia pueden más que el poder o la prepotencia? ¿Me creo de verdad que una vida empeñada en trabajar por la paz o construir la justicia es una vida que merece ser vivida?

Y es que cada bienaventuranza es una promesa de felicidad, sí, pero también una pregunta que ilumina: «¿me creo yo esto? ¿me lo creo hasta el punto de buscarlo para mi vida?». Cada bienaventuranza arroja luz sobre las sombras no evangelizadas de nuestro corazón. Todos las tenemos… formas de vivir o de pensar que recibimos de nuestra familia o ambiente (¡incluso de nuestra parroquia!), que pueden ser bien vistas, incluso aplaudidas pero… no son las del Señor Jesús.

Ojo. No es cuestión de perfeccionismo para ser «cristianitos de primera»; es cuestión de amor: el de un corazón apasionado por vivir como Jesús vivió. Y esta es, al final, la clave más verdadera para entrar en el texto: que Jesús lo vivió primero. Él es el manso, el constructor de paz, el pobre y el perseguido, el Corazón que llora con los que lloran. Y en todo ello, el feliz. El bienaventurado.

Pablo Bernal sscc

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