Evangelio joven: “Bienaventurados los que esperan…” (24-sept)

Is 55,6-9
Sal 144
Fil 1,20c-24.27a
Mt 20,1-16

Fotografía: J. Orrico (unsplash)

Este domingo estamos ante uno de esos fragmentos que impactan. Para muchos de nosotros es conocida la interpretación de este texto en el sentido vocacional y de incorporación a la Iglesia. Habla de aquellos que son llamados a seguir el camino de la fe en distintos momentos de su vida. Unos, los primeros llamados, serían lo que son cristianos desde el inicio de su vida. Los más tardíos representarían a aquellos que llegaron a la comunidad de fe por otras vías y otros tiempos: un colegio religioso, una repentina conversión, un amigo/a, una novia o un novio creyentes… Sin embargo, si bien es verdad que esta interpretación es sugerente, verdadera y bonita, pongamos el acento en un pequeño aspecto. Si nos vamos a los versículos: Mt 20,6-7 (os invito a que los releáis) veremos al capataz llamando a los que fueron contratados los últimos. Éstos le responden que no trabajan porque nadie les llamó…

Fotografía: E. Prim (unsplash).

Así es, efectivamente, nadie les llamó. Ahora bien, eso no fue razón suficiente para abandonar y dar por perdida la oportunidad del trabajo. ¿No resulta realmente heroico el hecho de esperar, en un lugar lleno de trasiego y contrataciones además, a que alguien te contrate sabiendo que otros muchos ya lo fueron antes que tú? Estos últimos no son unos “cualquieras”, como solemos decir; son aquellos que siguieron en búsqueda, que sufrieron las largas horas de silencio; que no encontraron lo que anhelaban a pesar de sus lágrimas y sudores; que quizá fueron ignorados por otros maestros, dueños y capataces.

Los que ya trabajaban desde la primera hora, sin duda, gozaban del sustento y de la protección del Dueño. Los que esperaban, seguían siendo vulnerables… esto es ocasión para que se produzca, entonces, un nuevo choque entre la pobreza del ser humano y la riqueza de Dios: el Dueño paga no solo por el trabajo, sino por la paciencia y la esperanza; el ser humano, por su parte, es egoísta y ese egoísmo, precisamente, le ciega para ver que su hermano estuvo muchas horas esperando para poder vivir la alegría de escuchar de boca del Capataz un nombre propio.

¡Que el Señor bendiga a los que buscan la verdad con paciencia y aún no la encontraron!

José Manuel Rodríguez Caro ss.cc.

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